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Israel consiguió lo que buscaba

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Era inevitable. Apenas acalladas las armas en el sur del Líbano, unos y otros claman victoria: el primer ministro israelí Ehud Olmert la reivindica para su país, mientras que la guerrilla chiita del Hezbollah y sobre todo su líder, Hassan Nasrallah, se han transformado en héroes por haber «mantenido a raya» durante un mes a uno de los ejércitos más poderosos del mundo.

Indignada por la inusitada violencia de los bombardeos israelíes en el Líbano, la opinión pública tiende a pensar que, por primera vez, Israel sufrió una derrota desde la creación del Estado, en 1948.

Pero no es así. Si se puede hablar de vencedores y vencidos en un conflicto armado, Israel ha vuelto a ganar esta guerra, obteniendo exactamente lo que buscaba. El gran perdedor es el Hezbollah que, instrumentado por Irán y Siria, provocó el desmoronamiento de su propia base política: las poblaciones chiitas del sur del Líbano.

«Lo que decide quién gana y quién pierde una guerra es el balance de daños en el terreno y el peso político que esto adquiere con el tiempo», escribió Clausewitz, el gran maestro de la estrategia.

Si este principio es correcto, basta con mirar algunas cifras. En un mes de enfrentamientos, Israel perdió 110 militares y 41 civiles. Pero, a partir de ahora, cada niño israelí volverá a su cama, a su casa y a su escuela.

Las industrias –apenas perturbadas en el Norte por los misiles disparados por la guerrilla chiita– volverán a producir a su ritmo habitual y la vida social y económica del país seguirá siendo normal.

Israel también alcanzó sus objetivos políticos y estratégicos: poner a sus poblaciones fuera del alcance de los misiles chiitas y neutralizar tanto la guerrilla de Nasrallah como la estrategia antiisraelí de Irán y Siria en la región.

Esa será desde ahora la responsabilidad del gobierno libanés. También será ésa, con toda objetividad, la tarea de la nueva fuerza internacional de 15.000 hombres decidida por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

La futura fuerza de interposición que reemplazará al actual e insignificante cuerpo de observación (Finul) creará una zona tapón en las fronteras del Líbano con Siria e Israel, evitando que el régimen de Damasco pueda seguir reaprovisionando con armas al Hezbollah.

La presencia de ese robusto contingente, integrado esencialmente por europeos, pondrá también punto final a la impunidad con que Teherán y Damasco manipularon al Hezbollah. ¿Cómo seguir utilizándolo ahora para atacar el norte de Israel, sin golpear –simbólicamente– a la Unión Europea?

Oficialmente, en el Líbano murieron 61 combatientes del Hezbollah y 31 militares. Pero también hubo 1071 víctimas civiles, 3628 heridos y cerca de un millón de desplazados.

Esta semana, esa gente regresó eufórica a sus casas del sur del país, convencida de que Israel ha sido derrotado. Pero, ¿a qué casas?, ¿a qué escuelas?, ¿a qué camas? Las bombas no sólo destruyeron puentes y carreteras: toda la estructura económica del país, reconstruida laboriosamente en la década del 90, después de la guerra civil, ha quedado en ruinas.

Según un informe publicado la semana pasada por el Consejo para el Desarrollo y la Reconstrucción, la magnitud de la destrucción urbana es equivalente a siete millones de metros cuadrados de edificios residenciales y comerciales. Los economistas estiman la factura entre 6000 y 10.000 millones de dólares. Es decir, la mitad del PBI libanés.

¿Esa catástrofe puede ser considerada una victoria por el Hezbollah?

La gran fuerza de la guerrilla chiita en el sur del Líbano es la ayuda social y financiera que presta a toda esa población pobre y desamparada. ¿De dónde sacará ahora, rápidamente, los miles de millones de dólares necesarios para aliviar sus sufrimientos?

En el término de pocas semanas, la gente comenzará a preguntar: «¿Qué ganamos nosotros? ¿Cuál era el objetivo? ¿Para qué todo esto?» La respuesta que Nasrallah no podrá dar públicamente, a riesgo de pulverizar sus esfuerzos por presentarse como líder de una organización de resistencia nacional, es: para hacer el juego de Siria y de Irán.

Pero ese juego también fracasó.

Lanzando a la arena al Hezbollah, Irán pretendía distraer la atención de su programa nuclear. Transformándose en un interlocutor necesario para calmar el conflicto, Teherán creyó poder evitar las sanciones de la comunidad internacional. No fue así.

Siria, aislada del contexto internacional por su responsabilidad en el asesinato del ex primer ministro libanés Rafic Hariri y después de su retiro forzado del Líbano en 2005, también creyó que su participación sería indispensable para desarmar al Hezbollah. Pero Estados Unidos y Francia persistieron en ignorar a Siria.

El francés Michel de Montaigne solía decir: «Si no acaba con la guerra, no es una victoria».

Para consolidar su victoria en esta sexta guerra de Oriente Medio, Israel deberá ahora evitar los errores que cometió después de ganar la Guerra de los Seis Días en 1967, fuente de todos los cataclismos que vivió la región en los últimos 39 años. El principal de esos errores fue no haber sido capaz de encontrar un sincero modus vivendi con los palestinos. Ese será, también esta vez, su principal desafío de la posguerra.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION

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