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Por Alicia Dujovne Ortiz

La guerra sin nombre
Por Alicia Dujovne Ortiz

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En un reciente artículo publicado en Le Monde, La guerra vista desde Israel , Bernard-Henry Lévy describía un país sumido en el desconcierto. Desde sus amigos pacifistas, miembros de movimientos como La Paz Ahora, hasta la ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, que impulsó activamente la retirada de Israel de la franja de Gaza, todos mostraban una actitud desvalida, desorientada y perpleja: la de estar enfrentando una situación sin paralelo con las de guerras anteriores. Prueba de ello es que se trata de una guerra sin denominación.

Ningún diario la nombra, ni en Israel ni en ningún lado. Describen el lugar en donde se produce, el Líbano, pero no la llaman «guerra del Líbano», puesto que el conflicto no es con ese país, sino con un huésped molesto que se invitó a sí mismo: el Hezbollah. Las otras guerras se llamaron de los Seis Días o de Iom Kippur, ésta no se llama nada. La ausencia de nombre señala la presencia de un fantasma al que nadie tiene ganas de poner letra, acaso porque sea demasiado pronto para hacerlo o porque las masacres en el Líbano dejen sin habla o porque en ese vacío se dibuje el terror, no reflexivo sino inconsciente, a la palabra «mundial».

Si algún término se destaca de entre todos los que se han pronunciado acerca de esta catástrofe, ese término es «desproporción». La reacción de Israel ante el secuestro de dos o tres soldados a manos del Hamas o del Hezbollah, sería desproporcionada. En efecto, la cantidad de muertos en el sur del Líbano supera la de los israelíes en Haifa. Si llevamos la espantosa contabilidad, más de setecientos por un lado contra unos cien por el otro no tiene proporción, así como tampoco la tiene el destruir a bombazos un país que apenas comenzaba a renacer de sus cenizas. Desde ese punto de vista, una apelación posible sería «guerra de la desproporción».

O de la equivocación. Las tropas de Tsahal se han encontrado con una realidad sin proporción alguna con todo lo conocido: los túneles y armamentos sofisticados de Hezbollah sobrepasan sus peores cálculos. Los servicios de inteligencia israelíes no han funcionado con suficiente eficacia. La ilusión de desarmar del todo a ese enemigo que se ha armado para una guerra total se esfuma en medio de la humareda, teniendo en cuenta la cantidad y la inaccesibilidad de los misiles de la guerrilla, guardados en subterráneos y en las casas de la gente. Nuevas desproporciones, instalarse en medio de la población y afirmar, como lo ha hecho algún miembro dedel Partido de Dios, que, cuando se queden sin municiones, sus propios hijos les servirán de balas.

Es cierto que esto último no es novedad. Los israelíes siempre han dicho que la guerrilla palestina les enviaba niños a torear tanques militares, para romper el corazón del mundo e inclinarlo a su favor. Pero los chicos de la Intifada, con sus piedras, fueron apenas un borrador de esto a lo que hoy asistimos. Arafat no era un islamista, de ahí su condición de enemigo proporcionado con quien podía llegarse a un apretón de manos. Hoy, por primera vez en la historia, un mandatario de una potencia religiosa, Irán, declara su intención sagrada de eliminar a Israel, negando la realidad de la Shoah. El desvalimiento que Bernard-Henry Lévy observó en los israelíes viene de haber comprendido que ahora sí se trata de derecho a existir.

¿Puede afirmarse por eso, como lo ha hecho el escritor pacifista Amos Oz –opuesto, en el pasado, a toda otra contienda–, que en estas circunstancias estamos ante una «guerra justa»? Aunque defenderse lo sea, ¿ha sido inteligente dejarse arrastrar por una provocación tan clara, cayendo en la trampa y desencadenando algo tan letal como misterioso, cuyo comienzo se conoce pero no su fin? ¿Había que responder al desafío de Hamas y del Hezbollah, que secuestraron a los soldados israelíes en forma a todas luces concertada, y en una fecha –12 de julio– en que los occidentales debían pronunciarse sobre la escalada nuclear iraní, tema que en ese momento se dejó de lado, en vista de este otro más urgente: la guerra innominada?

¿Acaso ganar tiempo, enfrentar un riesgo permanente, pero limitado, no habría sido preferible a empantanarse en una situación mortífera cuya salida se desconoce? ¿Ante este enemigo acantonado en medio de la población civil, y que no es un Estado sino un grupo armado hasta los dientes dentro de un desdichado país tomado como prenda, no sería más lúcido comportarse como lo hacen los enfermos de dolencias por ahora incurables: aguantar con paliativos hasta que surja el remedio?

En la existencia individual suele suceder que un problema parezca no tener solución. En esos casos, lo más aconsejable es quedarse quietos. Esta aparente inmovilidad no es falta de recursos, sino conocimiento del valor de la espera. No dudo de que, cuando en un caso similar, un país como Israel resuelve moverse en forma exacerbada (iba a poner desproporcionada), responda a un deber de protección para con su pueblo. ¿Pero hasta qué punto ese deber no se confunde con imperativos de prestigio militar y político, imperativos que impiden ofrecer una imagen supuestamente deslucida, débil, cobarde?

Escaldado por su experiencia durante la guerra del 14, el novelista de la Provenza, Jean Giono, escribía: «¿Me hablan de morir de pie? Yo, antes que morir, primero me agacho y después me acuesto en el piso». Una posición evidentemente contraria a la esencia misma del Estado de Israel, construido sobre la base de un inmenso coraje. Pero si el consejo de Viejo Vizcacha provenzal es atendible en lo personal, ¿por qué no en lo nacional, frente a un tipo de guerra basada en una lógica perversa (escudarse entre los inocentes) que echa por los suelos todo lo visto hasta hoy?

El valor de la espera se relaciona, en este caso, con la política iraní. Ese presidente de Irán que arma a Hezbollah y cuyo larguísimo nombre cuesta retener –otro caso de anonimia, característico de un conflicto que nos da demasiado miedo como para apodarlo de algún modo– arriesga agotar sus gesticulaciones y disolverse como la burbuja que, en el fondo, es, a partir de las nuevas elecciones, que deberían tener lugar de aquí a dos años.

Irán se ha convertido en un país próspero, donde la gente vota, con una clase media acomodada que no tiene interés en que su tierra vuele por los aires. No a todos los iraníes los seduce el martirio: muchos se han occidentalizado (en el sentido de pretender pasarla bien), o, más bien, han reencontrado su propio arte de vivir. Votar al del apellido impronunciable equivalió, en su momento, a la actitud de los franceses cuando casi lo hacen ganar a Jean-Marie Le Pen: ellos, los franceses, a esa peligrosa actitud la llaman ras-le-bol: cansancio, hartazgo. El fenómeno sobreviene cuando un pueblo se decepciona de un gobierno más o menos democrático y elige los extremos. Es una reacción …desproporcionada, que puede pincharse sola cuando ese pueblo comienza a espantarse del delirio que él mismo ha desatado.

Los libaneses son las primeras víctimas de Hezbollah, que los toma de rehenes y de justificación para que el mundo, horrorizado, acuse a Israel. Sin embargo, es quimérico pensar, como también lo hace Amos Oz, que esas víctimas se darán cuenta de que Israel también lucha por liberarlas a ellas: si a mí me cae una bomba en la cabeza, es dudoso que admita que quien la arroja lo hace por mi bien. Más lógico resulta comprobar que el odio a Israel aumenta con cada bomba, aunque los bombardeados sean libaneses no chiitas que están en contra de Hezbollah (o que lo han estado hasta ahora, antes de que esta carnicería arriesgue crear entre los libaneses, y en todo el mundo árabe, una unión sagrada).

En forma paralela, también aumenta el antisemitismo mundial, el latente, el que no se expresa, el que encuentra en esta guerra un pretexto soñado para poner de manifiesto un viejo aborrecimiento visceral al que el nazismo ha vuelto vergonzoso. Cuando todo esto termine, Hezbollah tendrá que rendirle cuentas al Líbano (otro partido religioso, el sunita, y varios países árabes, como Egipto, Jordania o Arabia Saudita ya se las han pedido), por haberlo llevado derecho a su destrucción. Israel, por su parte, podrá preguntarle a cierta prensa y cierta intelectualidad culposas, abanderadas de la buena conciencia, poseídas por el auto odio o bien por un demonio ancestral que tampoco dice su nombre, y al que en este momento le está asomando la cola, por qué motivo les es más cómodo y fructuoso ver una parte del conflicto, y no las dos. ¿Pero alguien alcanza a imaginar cuándo terminará, todo esto, ni cómo?

La desproporción está en el corazón de esta historia. Auschwitz fue desproporcionado, los campamentos palestinos también. El desencuentro entre dos pueblos perseguidos, oprimidos, el segundo de los cuales no veía por qué pagar por crímenes de los que no tenía ni noticias, no podía adquirir proporciones armónicas.

Ahora las cartas están echadas. Ha sido así, nomás, y no de otra manera. Más bien miremos de aquí para adelante. Al convertirse en país, Israel sostuvo su derecho a comportarse como cualquier otro, a no perpetuar su condena de pueblo elegido y, en consecuencia, anómalo, a no reconocerse como víctima eterna, a no seguir actuando a partir de la ética que lo particularizaba y definía.

No lo ha logrado: siempre le exigiremos más inteligencia, más humanidad, más moralidad, más racionalidad, más generosidad, más espiritualidad, más compasión, más comprensión, más astucia, más capacidad de cuerpearle al peligro para sobrevivir y, de paso, salvarnos. Si la prosperidad económica de Irán podría llegar a ser una garantía de razón, ¿cómo no darse cuenta de que solucionar el drama de los palestinos, su miseria, su desamparo, su falta de horizonte, conduciría, en forma gradual, relativa, pero, en definitiva, inevitable, al fin de cierto islam fundamentalista que se alimenta de pobres, y que en modo alguno representa a la mayoría del mundo musulmán? ¿Y cómo no advertir que el uso de una fuerza descontrolada, guiada por la quimera de desarmar a una organización que volverá a armarse enseguida, Irán mediante, sólo sirve para radicalizar a los más moderados, de modo que el mundo árabe se convierta en un solo puño alzado, ya sin matices posibles?

Los palestinos afirman que terminarán por ganarle a Israel, porque los israelíes aman la vida y ellos la desprecian. Es fácil amarla cuando se vive bien y despreciarla cuando se agoniza día tras día. Al-Qaeda, Hamas y Hezbollah pescan en aguas paupérrimas, entre humillados y ofendidos. La guerrilla que se incrustó en el sur del Líbano, luego de la partida de Israel de ese territorio, fanatiza y a la vez compra a los candidatos al martirio. Para los habitantes de esas poblaciones, el Partido de Dios actúa de modo providencial, solucionando problemas, asegurándose su apoyo y su silencio (una ley de omertá en versión religiosa). Es fácil opinar, pontificar desde lejos, pero desde cualquier lugar del planeta salta a los ojos que no hay muralla ni bombardeo capaces de terminar con un adversario desesperado , hambreado, humillado y ofendido. Los que aprovechan esa desesperación para atizar el odio no son interlocutores válidos, al no responder a criterios racionales sino místicos (criterios que, por cierto, entre los israelíes también abundan). Pero los niños utilizados como bombas tienen padres y madres. Acaso con ellos, y entre gente normal que use la cabeza para su objetivo primero, la reflexión, pueda irse creando un lenguaje, muy paso a paso, sobre todo si, a la hora de almorzar, ha habido algo sobre la mesa.

Quienes amamos a Israel tenemos el derecho afectivo de pedirle que no tema perder la cara, por sacrificado que esto sea para un país valiente. Que detenga el fuego y acepte el canje, devolviendo a los prisioneros libaneses y palestinos (estos últimos acababan de presentar un excelente plan, a punto de ser negociado con Mahmoud Abbas, cuando Hamas secuestró al soldadito israelí para evitar todo arreglo). Que admita, como lo ha hecho, la presencia de una fuerza internacional de disuasión a la que podría sumársele la del ejército regular libanés en ese sur invadido por Hezbollah. Y, por sobre todo, que se arriesgue a instrumentar vigorosa y durablemente la ayuda al pueblo palestino, sea cual fuere su gobierno. Aunque esto suene utópico, responderé defendiendo también el derecho a una utopía que nos preserva y constituye como personas. Ojalá que la paz adopte el nombre que esta guerra no se anima a inventar.
La Nacion

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