Inicio NOTICIAS Amos Oz, Profeta en su tierra

Amos Oz, Profeta en su tierra

Por
0 Comentario

Por Telma Luzzani.-Empezó a leer desde muy chico. «¿Qué otra cosa se podía hacer en Jerusalén cuandollegaba el atardecer y la oscuridad se adueñaba de todo?», se pregunta a manera de explicación. Y súbitamente tiene una ocurrencia cien por ciento Amos Oz: «Es que entonces las tardes eran mucho más largas, porque la Tierra giraba mucho más lento, porque la galaxia estaba mucho más relajada que ahora». Las respuestas de quien es hoy el mejor escritor judío contemporáneo recorren todas las tonalidades de la inteligencia: Amos Oz es mordaz, imaginativo, irónico, profundo y sobre todo dueño de un agudo sentido del humor. Pequeño, de pelo totalmente cano, no bien comienza la entrevista se muestra interesado por la Argentina. «Hace muchos años viajé a su país invitado por la comunidad judía -cuenta-. En 1977: tiempos muy difíciles, terribles. Tengo dos recuerdos muy precisos de aquel viaje. Por un lado el terror que sentía la gente. El miedo y la incertidumbre reinaban en todos lados. Fue mi primera experiencia en una dictadura y me resultó muy deprimente. El otro es que la gente era cálida y receptiva, muy proclive al abrazo.» Nacido en 1939 e hijo de un hombre severo -como solían ser los padres en los comienzos del siglo XX-, Amos decidió cambiar su apellido Klausner por Oz. ¿Por qué eligió ese apellido? «Oz», en hebreo, quiere decir «coraje, fuerza moral». Y cuando a los 14 años me rebelé contra mi padre y me fui a vivir a un kibutz necesitaba un montón de «oz» para enfrentarlo. Por eso lo elegí. Usted alguna vez ha dicho que la poesía y la música son elementos tan vitales que el ser humano, si no los tuviera, moriría. El arte, la literatura son necesidades muy básicas. Fíjese que las personas viven contándose cosas unas a otras, incansablemente, desde el principio de los tiempos. Incluso antes de que el alfabeto y la escritura fueran inventados, las personas ya se contaban relatos. Yo creo que la pulsión narrativa en el ser humano es tan intensa que contar cuentos es tan antiguo como la sexualidad humana. Porque para nosotros la sexualidad es también un trabajo de la imaginación. Es armarnos una historia y contárnosla. Yo suelo decir que la literatura nació junto con la sexualidad a través de la necesidad de crearnos un argumento. Por eso, cuando viajo leo literatura del país que visito. Sé que una novela me lleva a lugares donde ningún turista puede entrar: me lleva a los dormitorios, a las cocinas, a las oficinas… UNA LUZ EN LA OSCURIDAD Estamos en el bar Marylin Monroe y desde todos los rincones la diva nos mira con sus ojos soñadores. Afuera, la calle soleada y silenciosa está desierta. Es el barrio universitario de Tel Aviv, donde Amos Oz tiene su cátedra de literatura. Usted nació en una Jerusalén dominada por los británicos, vio nacer el Estado de Israel, fue testigo de grandes momentos históricos… Puedo decirle que he visto mucha historia con mis propios ojos. Ser un israelí de mi edad es lo mismo que ser un suizo de 400 años. A veces los latinoamericanos sentimos lo mismo. La vida es tan intensa que uno parece haber vivido varias. Pero la Argentina tiene 200 años. Yo soy más viejo que mi país. Yo vi con estos dos ojos arriar la bandera británica e izar la de Israel. Recuerdo el momento exacto en que apareció la primera moneda israelí o la primera estampilla. Vi mucha historia y eso me da cierto sentido de la proporción. Fui testigo del día en que todo el mundo árabe se negaba a pronunciar la palabra Israel. Decían: entidad sionista. Y juraban que nunca la iban a reconocer. Le quiero aclarar una cosa importante: en Medio Oriente, las frases Por siempre o Por toda la eternidad equivalen a un período que puede durar entre seis meses y treinta años. ¿Y qué piensa de la situación actual? Obviamente estoy preocupado por el surgimiento del fanatismo en todo el mundo: entre musulmanes, judíos y cristianos, pero también en la izquierda radical y en la derecha chauvinista. Hay fanatismo en varias direcciones. ¿Y por qué cree que surge en este momento de la historia de la humanidad? Creo que cuanto más complicada se vuelve la realidad, más necesidad tiene la gente de tener respuestas simples. Y ese tipo de respuestas se encuentran en la religión, en la ideología militante o en otras formas de fundamentalismo. Un fanático es un signo de admiración que camina. No son patrimonio de nuestra era. Pero, de tanto en tanto, cuando las cosas se ponen particularmente complicadas, la gente quiere que todas sus incertidumbres y sus miedos queden cubiertos en una frase. Y ahí están las consignas fundamentalistas. Algunos añoran la Guerra Fría porque dicen que era un mundo más estable. Nunca hubo un mundo estable. Hubo tiempos de mayor esperanza entre un desastre y otro. Hay épocas en que la gente piensa que vive en un mundo bajo control y entonces se tranquiliza. Pero de repente surge la naturaleza humana otra vez y con ella la violencia, la opresión, la injusticia, las calamidades. Está muy pesimista… En mi último libro, Cómo curar a un fanático, sugiero un remedio para combatir el fanatismo: una pastilla de humor. Nunca vi ningún fanático con sentido del humor ni a personas con humor que se fanaticen. Por eso propongo fabricar cápsulas de humor y obligar a todo el mundo a que tome una dosis cada mañana. Una de las características de los fanáticos es que quieren cambiarte. Quieren que borres todo lo que fuiste hasta el momento y hacerte nacer de nuevo. Están muy interesados en vos y quieren salvar tu alma. Quieren convertirte a su religión o a su ideología. Si sos fumador, que dejes el cigarrillo; si comés carne, que te vuelvas vegetariano. Por eso con mi idea de la pastilla de humor tengo algo de fanático porque busco cambiar conductas. La sensación es que la Guerra Fría era una época de barbarie pero con ciertas reglas que volvían al mundo inteligible. Reglas que ahora no existen. Hay un estado de gran confusión y desorientación en el mundo. La gente no sabe realmente qué quiere en su vida. No es que desean algo y no lo pueden tener. No. Muy a menudo no saben lo que quieren. Están desorientados por los sueños que difunden los medios de comunicación, que los llevan a creer que la felicidad se encuentra en el próximo shopping. Uno más y encontrará la felicidad eterna. Durante siglos los filósofos debatieron qué es la felicidad. Y cada generación encontró respuestas diferentes. Hoy la respuesta es: «La felicidad es consumir y el paraíso es el shopping». Hubo una época en que la felicidad se asociaba con el amor. Déjeme decirle algo: yo, con todo respeto, no estoy de acuerdo con Jesús. Como se sabe, nunca dos judíos se ponen de acuerdo entre sí. El creía en el amor universal pero yo creo que el amor es un bien muy privado y personal. Uno puede amar a cinco, a diez, como máximo a veinte personas. Y uno es muy afortunado si hay veinte personas que lo aman. Las palabras, a veces, no significan nada. Si alguien dice: «Yo amo a Latinoamérica», ¿qué quiere decir eso? El amor no es la solución para el mundo. Necesitamos valores que vengan de la cabeza y no del corazón: como la equidad, la no violencia. Y como no puede con su genio, inmediatamente Amos Oz intercala en la conversación un chiste. Un chiste judío, por supuesto: «Tuve un profesor en la universidad que decía que el próximo gran hombre que va a cambiar al mundo va a ser un judío ortopedista». ¿Por qué? Porque primero vino Moisés y dijo: «Tenemos que cambiar el contenido de nuestras cabezas». Luego vino otro judío, Jesús, y dijo: «No es la cabeza sino el corazón». Entonces vino un tercer judío que dijo: «La solución no está ni en la cabeza ni en el corazón: está en el estómago». Era Carlos Marx. Luego vino un cuarto judío, Freud, y colocó el centro más abajo del ombligo. Por eso el próximo va a decir que el tema está en las rodillas. ¿Cuál es su percepción sobre la actual situación tras la victoria de Hamas en los territorios palestinos y el débil triunfo de Ehud Olmert en Israel? La nuestra es una historia de desencuentros. Cuando los palestinos están listos, Israel está en otra cosa y viceversa. Es como esas parejas que cuando él viene con flores, ella no está y media hora después ella llega y él ya se fue. Ahora los palestinos están controlados por un movimiento fanático que dice que Israel no debe existir. Estar en el poder los puede cambiar pero por el momento hay que tomar esto seriamente. Israel votó por una combinación de partidos que respaldan la existencia de dos Estados, uno israelí y otro palestino. En Israel, una mayoría muy sólida respalda esto. Las encuestas de opinión palestinas indican que el 60% de su gente está preparada para que haya dos Estados. Podríamos decir que el paciente está listo para la cirugía pero los doctores son cobardes. ¿Estamos entonces en un buen momento para alcanzar una paz real? Sería un buen momento si Hamas no estuviera en el poder. Pero hay otro problema gravísimo que hay que resolver sí o sí. Nosotros tenemos cientos de miles de palestinos que en 1948 fueron desplazados de sus tierras y viven, desde hace casi 60 años, en campos de refugiados. Eso es una fuente de violencia e inestabilidad permanente. Eso no es sólo un problema de los palestinos, es también nuestro problema. Si yo fuera primer ministro de Israel diría: «No firmo ningún acuerdo de paz a menos que haya una solución para los refugiados en Palestina». A la vez, hoy hay viejos temas, como la separación del Estado y la Iglesia, que vuelven a debatirse. En la historia de las ideas no todo está superado para siempre. Los temas van y vuelven. Rotan. Hemos visto, a lo largo de la historia, que muchas ideas que creíamos superadas, regresan. Nosotros sosteníamos que después de Hitler, el fascismo estaba superado. Y no es así. Que después de Stalin el comunismo nunca regresaría, que las terribles guerras de religión habían pasado… Domingo Sarmiento lo ha dicho con exactitud: se puede matar a un hombre pero no a sus ideas. Ellas no mueren, en todo caso se van a dormir una siesta. ¿Eso significa que los seres humanos nunca aprendemos? ¿Que era equivocada la idea de «progreso» del siglo XIX según la cual la humanidad iba mejorando paso a paso? (El escritor se ríe y entorna sus ojos grises. Busca la línea de fuga del humor para evadir el lado tenebroso de la naturaleza humana.) Como usted recordará el progreso no es una línea recta. Es un zig-zag y tenemos que esperar unos diez mil años para saber cuánto hemos avanzado. Al menos ahora no nos comemos a nuestros enemigos. Pero ¿es eso mejor? Tal vez tenga más sentido matar a alguien y comérselo que asesinar a un semejante por las ideas o por el color de una bandera. Toma la cucharita de té y dice: «Yo creo en esto, ¿sabe por qué?». ¿La verdad? No. Frente a un gran incendio, los seres humanos tenemos tres reacciones. Primero están los que huyen para salvar el pellejo dejando que los demás se las arreglen como puedan. Hay todo un sistema político e ideológico basado en esto. Segundo, están los que van a su casa y escriben una carta indignada a un diario demandando la inmediata renuncia de los responsables. Y luego está el tercer grupo que son los que buscan apagar el incendio con lo que tienen a mano, aunque sea una cuchara de té. El tema es que el incendio es muy grande y la cuchara muy chica, pero como los seres humanos somos muchos, si todos llevamos en el bolsillo una cucharita de té y tiramos a la vez agua con ella, podemos apagar el fuego. Yo voy a ser el fundador de la Orden de la Cucharita de Té. Una vida entre libros «Los libros llenaban mi casa. Mi padre podía leer en 16 o 17 idiomas y hablar en once (todos con acento ruso). Mi madre hablaba cuatro o cinco y leía siete u ocho. Hablaban entre ellos en ruso o en polaco cuando no querían que yo entendiera (es decir casi todo el tiempo) y presumiblemente soñaban en idish… Pero a mí el único idioma que me enseñaron fue el hebreo. Tal vez temían que el conocimiento de muchos idiomas me expusiera a mí también al hechizo de Europa, ese continente maravilloso y homicida. En su escala de valores, cuanto más hacia Occidente estuviera algo, más culto era. Europa para ellos era la tierra prometida inaccesible. Recuerdo que durante el mandato británico, Jerusalén era una ciudad fascinantemente culta. Eran siempre ancianos que caminaban con bastón o ayudados por alguien». Así recuerda su infancia Amos Oz en su autobiografía Una historia de amor y oscuridad, uno de los libros más bellos de la literatura contemporánea. En esa obra, Oz bucea en uno de los mayores traumas de su vida: el suicidio de su madre cuando tenía 12 años. Poco después se va de la casa paterna para vivir en un kibutz. Sirvió en las fuerzas armadas israelíes: en el Sinaí, durante la Guerra de los Seis Días (1967). «Después de mi servicio militar, en 1961, me fui a estudiar Letras. Estudié eso porque el kibutz necesitaba un profesor de literatura urgente y estudié filosofía porque insistí», escribió. Hoy es el más premiado y prestigioso escritor de Israel. Ha escrito 18 libros -entre ellos El mismo mar y Conocer a una mujer- y más de 450 artículos y ensayos. Fue uno de los fundadores del movimiento ¡Paz Ahora! y es uno de los más importantes referentes de la idea de la creación de dos estados, acordada entre israelíes y palestinos, para solucionar el interminable conflicto de Oriente Medio.
Revista Viva

También te puede interesar

Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario. Aceptar Ver más

WhatsApp chat