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El deseo sexual tiene fundamento genético según científicos israelíes

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La especie humana le da mucha importancia al sexo. Pero en los hechos la práctica de esta actividad es muy variada, y la sexualidad se expresa en máximos y mínimos que han sido considerados patológicos: se ha visto como anormales a quienes tienen mucho sexo y a quienes tienen poco sexo. Y en los casos extremos, se habla de disfunciones y patologías, causadas ya sea por conductas aprendidas (la represión social/familiar) o por problemas psicológicos (traumas de niñez). Pero un nuevo estudio publicado en Molecular Psychiatry podría poner de cabeza el escaso conocimiento sobre las bases biológicas de la variabilidad sexual humana.

El nuevo estudio, firmado por un equipo de científicos encabezados por Richard P. Ebstein, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, sugiere que las diferencias individuales en el deseo sexual humano se pueden atribuir no a disfunciones, patologías o anormalidades, sino ¡a variaciones genéticas!

Si esto se corrobora, será necesario repensar la sexualidad humana y también redefinir los desórdenes sexuales. En el largo plazo, podrían definirse tratamientos genéticos para producir resultados concretos.

Entre personas, la conducta sexual denominada «normal» no es un fenómeno monolítico, y existen muchas diferencias individuales. Aunque se había creído que algunas de estas variaciones se debían a represiones o problemas psicológicos, en años recientes los estudios genéticos y los análisis del cerebro y sus mecanismos químicos de control sugirieron que detrás de las variaciones habría mecanismos neurológicos: química y electricidad.

Estudios recientes demostraron en ratas algo muy interesante. En las células del cerebro existen receptores a los que se ligan ciertas proteínas. Hay un receptor específico que se llama DRD4 (receptor D4 de dopamina), al que como indica su nombre se fija ese abundante neurotransmisor que se llama dopamina, asociado a los mecanismos de placer, entre muchas otras cosas. Una dopamina concreta, al fijarse en estos receptores, indujo en ratas la erección del pene.

El equipo de Ebstein y un equipo de la Universidad Ben Gurión dirigido por Robert H. Belmaker decidieron explorar más a fondo este resultado. ¿Acaso había una relación entre el gen DRD4 y conductas sexuales humanas como el deseo, la excitación y la mismísima función sexual? ¿Sería posible ir más allá de lo neurológico para llegar hasta lo genético? En otras palabras, ¿tienen las variaciones en la conducta sexual una base heredada?

Para averiguarlo, los científicos israelíes reclutaron a 148 estudiantes universitarios, chicos y chicas, y en primer lugar examinaron su material genético (ADN) con el máximo nivel de detalle posible. En seguida les aplicaron un cuestionario mediante el cual los participantes se describieron a sí mismos en cuestiones de sexualidad como deseo, excitación y funcionamiento.

Los investigadores encontraron una correlación importante entre el modo en que los estudiantes describieron su sexualidad y variantes específicas del gen DRD4, cuya función es precisamente fabricar el receptor D4 de dopamina.

Las variantes del gen, descritas como cambios individuales en alguno de los componentes en posiciones específicas, fueron tan concretas y contundentes como un ladrillazo. supongamos que en una posición específica del gen debe haber un componente A (el estado normal); en algunos casos, en esa posición aparece un componente B, y en otros casos aparece un componente C.

¿En qué se traduce esto? Los israelíes hallaron que una de las variantes (digamos, la B) deprime el deseo sexual. La otra variante (la C) sobreestimula el deseo sexual.

Del estudio de estas variantes, los investigadores piensan que la variante reforzadora es resultado de una mutación ocurrida en nuestra especie hace alrededor de 50 mil años, cuando nuestros ancestros estaban saliendo masivamente de África. En esas condiciones debió ser positiva una tendencia que se traducía en una sexualidad más activa.

A nivel población, los indicios dicen que alrededor de 30 por ciento de las personas tienen la variante del gen DRD4 que promueve una conducta sexual más activa. Alrededor de 60 por ciento portan la variante que produce una conducta más deprimida.

Resumiendo, variaciones mínimas en un gen producen conductas sexuales medianas, exageradas o deprimidas: cambios pequeñísimos en nuestro código genético pueden ser la verdadera causa de que nuestros niveles de deseo, nuestra excitación, nuestra función sexual, sean como son.

Esto significa que conductas hasta ahora vistas como anormales o disfuncionales tendrían que empezar a verse como parte de la variación normal en ese gen. ¿»Deseo sexual bajo»? No: más bien presencia de la variante a la que llamamos B.

En el futuro, algunas personas calificadas como disfuncionales cambiarán sus terapias: en vez de ir al diván, irán con el médico genético si desean cambios en su conducta sexual.

Según la Universidad Hebrea de Jerusalén, «las implicaciones de estos hallazgos son de largo alcance y representan un cambio revolucionario en el modo en que la sociedad, y especialmente la psicología, pueden llegar a considerar este elemento central del comportamiento humano».
Milenium

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