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La geografía del horror

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«S i hubiera muerto en Treblinka habría estado con mi padre; en Majdanek habría estado junto a las cenizas de mi madre y en Auschwitz con las de mi hermano».
Lo dijo Halina Birbaum, una mujer que, cuando era niña, los nazis la encerraron en el campo de Majdanek. La noche que le tocaba morir se terminó el gas que usaban para matar a los judíos. Sobrevivió: fue la única de su familia.
Este estremecedor párrafo corresponde a la crónica de nuestra corresponsal en Berlín sobre la conmemoración del Día Internacional en Memoria del Holocausto.
La geografía del horror que resume Halina en su relato se corresponde con la topografía del horror que uno puede recorrer de a pie en la capital alemana por los restos de los sótanos de la Gestapo, descubiertos a la vera de un tramo del todavía erecto Muro de Berlín.
Nicholas Kristof, un periodista estadounidense, ha publicado una nota conmocionante llamada Genocidio en Cámara Lenta (Genocide in Slow Motion «) en esa excelente revista que es The New York Review of Books. Dice que durante el Holocausto, el mundo miraba hacia otro lado. Y da un dato concreto: The New York Times, el diario donde trabaja Kristof, sólo a veces se refirió durante la guerra a la persecución de los judíos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Esta actitud se ha repetido en otros tiempos y otras latitudes, incluyendo la matanza que ocurrió en la Argentina durante la dictadura, en la que la sociedad y los medios –salvo excepciones– no se apartó del patrón de mirar para otro lado. La reconstrucción de esa memoria es fundamental para que la tragedia no se repita.
Sólo después de mucho tiempo la gente tomó conciencia y pudo decir: «Nunca más».
Como dice Kristof, hay que impedir que ese «Nunca más» se transforme en «Una vez más».

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