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Por Pilar Rahola

Sharon, la paloma y el halcón.
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Hablamos largamente del pintor catalán Antoni Tàpies. Tanto Ehud Olmert como su mujer adoran Barcelona y han paseado por la ciudad en múltiples ocasiones. En una de ellas pudieron conocer al pintor que siempre habían admirado y la experiencia debió de ser tan intensa que fue de lo primero que me habló, hace escasamente dos años, cuando tuve la oportunidad de ser recibida en su despacho de vicepresidente. En ese momento, motivada por todos los expertos en política interior israelí -sin duda la más complicada del mundo- que me hablaban de Olmert como de un político ambicioso, leal a Sharon y con mucho camino por delante, lo saludé con esta frase: «Saludo a un hombre que tiene un importante presente, pero que aún tiene más futuro». Hoy, este político que no ha dudado en apuntarse al Kadima de Sharon y que debe de estar tan desconcertado como la mayoría de los israelíes ante el ocaso del líder, está presidiendo Israel en un momento delicado, clave y quizá esperanzador de su historia. Sólo el tiempo dirá si el futuro es suyo.

Tiempo escaso, sin embargo, es el que posee el viejo Arik, postrado en una cama del prestigioso hospital Hadassa, librando su batalla más difícil: la batalla contra sí mismo. Dicen los médicos que puede sobrevivir físicamente, pero creen inviable que sobreviva políticamente. El viejo general, pues, está cerrando su densa, controvertida y contradictoria biografía histórica, y con él se cierra también una importante etapa de la historia de Israel. General y político, el balance histórico dirá si ha sido también un gran estadista, pero en este análisis improvisado me atrevo a señalar dos aspectos de su personalidad: es imprevisible y apasionado. Sharon fue siempre lo que, en la jerga israelí, llamarían un halcón, pero también fue capaz de desmentir el concepto en momentos cruciales. En la retina de la memoria queda, por ejemplo, su implicación personal en la retirada de los colonos del Sinaí, después de haber firmado la paz con Egipto. Así, el hombre que había vencido a los egipcios gracias a su audacia y a su brillante imaginación militar era el mismo que se peleaba personalmente con los colonos de Yamit para que dejaran sus casas. Ese general duro que retiró colonos de Yamit se transformaría, décadas después, en el político duro que retiraría colonos de Gaza. Y si las previsiones se hubieran cumplido, era el hombre que quería retirar a los colonos de Cisjordania. Es decir, en la acción militar libraba batallas, ganaba guerras y actuaba con toda la dureza, pero después demostraba ser capaz de hacer concesiones dolorosas a favor de la paz. Por mucha antipatía que la opinión pública haya acumulado contra Sharon en estos años -en parte gracias al proceso de criminalización mediática que ha padecido-, es imposible negar esta personalidad dual. De hecho, ha sido Sharon quien ha creado la expectativa más sólida de paz desde los años de Camp David.

Por supuesto, resulta obligatorio mencionar el episodio negro de Sabra y Chatila, tan recurrente en la propaganda palestina, en todo el imaginario árabe, y símbolo inequívoco de toda la izquierda mundial, mayoritariamente antiisraelí. Personalmente creo que Sharon fue culpable por omisión, que podía haber evitado la matanza y que se despreocupó de la acción de las milicias cristianas, o por complicidad o por irresponsabilidad. Pero hablar de Sabra y Chatila y no tomar en consideración la contingencia que rodeó la masacre no es informar de la historia, sino tergiversarla y así convertir la información en pura propaganda. Sabra y Chatila fue una matanza de árabes contra árabes, posterior a las masacres que las milicias palestinas habían perpetrado en diversos pueblos cristianos, algunos de los cuales fueron totalmente arrasados. ¿Por qué el mundo recuerda a las víctimas inocentes palestinas y no recuerda, por ejemplo, a las víctimas inocentes cristiano-libanesas? ¿Por qué Sharon fue juzgado en su país,y ningún líder palestino, incluido su máximo responsable, Arafat, nunca fue juzgado en ninguna parte? ¿Por qué la vieja Europa quiso juzgar a Sharon y de hecho lo hizo moralmente, y todos los crímenes de Arafat fueron siempre olvidados, perdonados y hasta negados? Que de toda la locura del Líbano, con sus miles de muertos, sólo se quiera recordar Sabra y Chatila dice mucho de la manipulación histórica que sufre aquel conflicto. Y dice aún más de la nula capacidad autocrítica del mundo árabe. Porque Sabra y Chatila no fue otra cosa que un episodio trágico más de la enorme tragedia que significó el Líbano, de la que Arafat, junto con Siria -y no sólo Israel- fue directamente culpable.

Hablar de Sharon es también hablar de lo que ha ocurrido en la prensa europea estos últimos años, mayoritariamente enfrascada en una demonización apasionada y acrítica del líder israelí. Lejos de la pertinente información equilibrada, el periodismo europeo y con él la intelectualidad de izquierdas decidieron culpar a Sharon de todos los males, perdonar las culpas de Arafat y, lo que es peor, minimizar la locura terrorista. Sharon se convirtió así en la excusa de un discurso antiisraelí que, partiendo de la buena intención solidaria, ha acabado resultando profundamente insolidaria. Y no sólo no ha ayudado al proceso de paz, sino que ha reforzado la excusa de los grupos terroristas que están en su contra. Sin paliativos me atrevo a decir que la bomba de tiempo que es Hamas ha llegado a su poder actual gracias a la pesada herencia de Arafat y a la persistente demonización de Israel que ha hecho Europa.

Arik se apaga. Nuevamente el futuro de esa convulsa zona es incierto. Pero algo queda inapelable: Sharon ha sido muy importante para Israel. Y si las circunstancias lo facilitan, quizá, a pesar de todo, habrá sido muy importante para Palestina.

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