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Por Shmuel Hadas*

La segunda desconexión de Sharon
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El primer ministro Ariel Sharon, en una operación inédita en la política israelí, acaba de abandonar el partido que lo llevó a la jefatura del gobierno, el Likud, conmocionando a políticos y analistas y al israelí de la calle, creando una gran excitación en la opinión pública y, sobre todo, dando un paso decisivo en el trazado de un nuevo mapa político en Israel. La segunda desconexión unilateral de Sharon ha sido secuela evidente de la primera, la de Gaza y el norte de Cisjordania, que creó una irremisible escisión en el partido de gobierno, partido desde donde se oían las críticas más acerbas, acusándole de poner en práctica la política del laborismo. De hecho, Sharon acaba de abandonar un partido que lo abandonó hace tiempo.

La clave de la decisión de Sharon – la apuesta más arriesgada de su carrera política- de abandonar con un sonoro portazo el partido que fundó treinta años atrás y crear uno nuevo, el Kadima (Adelante) la encontramos sobre todo en una de las frases con que justificó su paso:

«El Likud no puede conducir a Israel hacia sus metas nacionales». Pero también, cuando asegura que la vida en el Likud se había vuelto insoportable y que no está dispuesto a perder tiempo en luchas políticas. Sharon se propone, asegura, dar a Israel una oportunidad histórica y no desperdiciar la oportunidad para la paz que abrió la retirada de Gaza y del norte de Cisjordania. Lo que ha hecho Sharon con su defección del Likud es una clara indicación de que se propone continuar con la política que esbozó dos años atrás: la solución de dos estados, israelí y palestino, con los principales bloques de asentamientos incorporados a Israel y con Jerusalén bajo control israelí, aunque, a sus 77 años, no ignora que no le queda mucha vida política.

La victoria de Amir Peretz en las elecciones internas del laborismo ha sido un estallido político de consecuencias imprevisibles que sacudió la política israelí. Su victoria no sólo refleja el descontento con la anterior conducción del partido, sino la voluntad de dar un giro radical en la agenda económica y política del país. Evidentemente, un terremoto. Pero no sería una exageración el calificar el dramático paso de Sharon como un tsunami de 7 grados en la escala Richter de la política israelí. En pocos días la política de este país no solamente gira su curso. Las reglas de juego han cambiado: el cambio generacional en el laborismo y la desconexión de Sharon de su propio partido abren, inesperadamente, nuevas e impredecibles perspectivas. Las encuestas de opinión publicadas por los periódicos más importantes de Israel en este fin de semana conceden al partido de Sharon 33-34 escaños en las próximas elecciones a la Knesset, mientras que los laboristas podrían ganar 26-28 (frente a los 19 que obtuvieron en las elecciones anteriores). El Likud, de 40 diputados en la actualidad, pasaría a no más de 13. El partido de centro Shinui (Cambio) alcanzaría apenas 5 o 6 (ahora tiene 15). Las especulaciones en torno al curso futuro de la política israelí están a la orden del día. Para unos, la creación de un nuevo partido encabezado por Sharon crea una rara oportunidad de cambiar la cultura política israelí, desprenderse de viejos hábitos como los de una galaxia de partidos y muchos ciclos electorales, creando una nueva situación en la que dos o tres grandes partidos, el Likud en la derecha del mapa político, el nuevo partido en el centro y el laborismo en la izquierda formen los gobiernos futuros y estabilicen de alguna manera el convulso mapa. Otros, menos optimistas, temen que, aunque Sharon logre crear una coalición más moderada, en compañía de los laboristas, una heterogénea Knesset difícilmente permita una estabilidad que le permita aplicar su programa político y que, finalmente, se vuelva a la fragmentación e inestabilidad que caracterizan la política israelí desde los años ochenta.Lo que está claro por el momento es que la gran mayoría del electorado israelí irá a las urnas el 28 de marzo próximo con tres claras opciones: la derecha, con el Likud a la cabeza que, incluyendo los partidos ultranacionalistas, podría obtener alrededor de 30 diputados (queda JAVIER AGUILAR por ver si los partidos religiosos ortodoxos, que podrían acceder a 15 escaños, se aliarán o no al Likud en la oposición); el centro, encabezado por Sharon, que obtendría, con Shinui, casi 40 escaños, y la izquierda, con el laborismo, partidos árabes y el partido socialista Meretz, que podría superar los 40 diputados.

Lo que emerge consistentemente en los últimos años de las encuestas de opinión es que más de dos tercios de los israelíes se aglutinan en el centroizquierda moderado del país, apoyando una solución de compromiso para el conflicto con los palestinos.

La campaña electoral, de hecho, ya ha empezado. Se prolongará durante más de cuatro meses. Y cuatro meses en la realidad israelí es una eternidad. Será ácida y desagradable. Todos contra todos (como ya se ve en la campaña interna del Likud para elegir su candidato) y no faltarán notas de sordidez en los ataques personales. Al fin y al cabo, están en juego las fronteras de Israel y el futuro de Jerusalén. Pero, sobre todo, se nos exigirá decidir si efectivamente queremos un Israel más justo y democrático y, por supuesto, judío. Al depositar el voto en la urna, las emociones pesarán tanto y quizá más que el raciocinio.

S. HADAS, primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede

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