Se ha quitado la careta. Apelando al mundo musulmán a eliminar del mapa a Israel, el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad ha dibujado en pocas palabras el inquietante retrato de un jefe de Estado todopoderoso y extremista. A cada una de sus declaraciones, la ambición iraní, llevada desde ahora por este ex guardián de la revolución, se manifiesta de forma cada vez más abierta y agresiva. A todos los que creían o querían creer que la República islámica era finalmente juiciosa, renunciando en particular a cultivar su obsesión antisionista, la realidad se ha encargado de demostrar que no lo era.
La brutalidad de este retroceso a las esencias de la revolución islámica es más que un mal signo. Es un motivo de seria alarma en un momento en que la ambición nuclear iraní se anuncia de forma obstinada. En relación con las negociaciones entre Teherán y la UE, nadie creía ya en la fábula de una potencia petrolera buscando dotarse de una herramienta nuclear civil. La comunidad internacional está hoy en el derecho de manifestar muy viva inquietud sobre el que hará Irán de la bomba nuclear.
LE MONDE. LVD.-

