Señor Director:
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«Para contestar adecuadamente a Mario Vargas Llosa y los artículos publicados en un suplemento especial de LA NACION haría falta disponer de un amplio espacio, pero ajustándome a lo que se puede incluir en una carta de lectores, reproduciré algunos de los principales conceptos de una carta abierta dirigida al escritor por el filósofo y escritor israelí Gustavo D. Perednik.
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««Tres posibles criterios de escrutinio son la saña y la obsesividad que permiten evaluar el grado de judeofobia. El primero es hablar de ?país nazi´, ?religión de odio´, ?pueblo deicida´, ?cáncer de Medio Oriente´. El segundo, falsear deliberadamente los hechos con el fin de poder criticarlos. El tercero, una aparente censura moral contra el país judío, como si se tratara del peor país del planeta. Vargas Llosa no odia a Israel, pero las sentencias que emite destilan hostilidad. Es más sutil que Saramago o Chomsky, porque matiza su agresión con algunos elogios (aparentes y reales). Elogia al Estado judío por ser uno de los éxitos más notables de la historia contemporánea, por su alto grado de desarrollo tecnológico. Pero no ejemplifica la alta tecnología con algunos de los centenares de inventos y aportes en medicina, computación y agricultura, sino con su poderío y armamento militares. Exalta que viva en una democracia y respete los derechos humanos, pero afirma que las costumbres democráticas judías se aplican sólo a sus ciudadanos y no a los árabes israelíes. La deformación es flagrante. Omite decir que en Israel hay jueces, diplomáticos y parlamentarios árabes y que todos ellos se expresan con igual libertad que el resto de la población y con muchísima más libertad que en cualquier otro país árabe de Medio Oriente. Más aún, si existen discriminaciones, son las que los favorecen. Debido a que soy judío, mis hijos sirven en el ejército israelí, mientras que los hijos de mis amigos árabes están exentos. Ni siquiera deben prestar servicios que reemplacen a aquellos de carácter militar.
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««También yo tengo trabas para trasladarme de un lado a otro. No porque Israel quiera coartar mi libertad, sino porque debe defender a su población de los reiterados intentos por destruirnos que lanzaron nuestros vecinos, minimizados por intelectuales como Vargas Llosa. En cuanto a las diferencias sociales, sería bueno que el novelista, como peruano, explicara por qué no protesta contra las trabas a los indígenas en su país. Dice que los primeros sionistas llegaron a Palestina en 1909. Cabe preguntar quién habrá fundado las aldeas desde que Rishon Le Zion (que quiere decir precisamente ?La primera en Zion´) puso en marcha en 1882 la redención ecológica de una tierra abandonada. Pero ésta es una falsedad menor comparada con la injuria de llamar a Israel ?país colonial´. Si lo fuera, aprovecharía los recursos de ?sus colonias´ porque es para eso que existen los imperios.
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««La serie de distorsiones llega al colmo en su caricaturesca descripción de la obra civilizadora del sionismo. Para él, los sionistas siempre alegan ?derechos divinos´ contra los pobres despojados. Los judíos tenemos sobre esta tierra derechos históricos, no divinos. La suya es la típica provocación de encajar en nuestra boca argumentos que no esgrimimos, para rebatirlos luego con veredictos superficiales. Claro que esto se aplica sólo a los judíos porque, con respecto a los palestinos, la alta moral se deja de lado y todo se circunscribe a que ?han defendido muy mal su causa debido a la práctica del terrorismo y a la ineficiencia y torpeza de sus líderes´.
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««Los palestinos no defienden su causa, sino que intentan destruir la nuestra. Porque nosotros también tenemos causas que defender: redimir el desierto y crear una sociedad libre y democrática para el pueblo judío. No nos dedicamos a ?torturas indiscriminadas´, como dice, sin aportar ejemplo alguno. Recogiendo uno de los peores mitos judeofóbicos, le atribuye a nuestro primer ministro matanzas de palestinos y ríos de sangre por haber visitado el Monte del Templo. Hasta aquí, el escritor fracasa en dos de los intentos básicos. Falta la saña. Pero la deja flotando cuando concluye que ?ese puñado de kilómetros cuadrados ha hecho correr desde hace cuatro milenios más sangre y locura que cualquier otra región del mundo´. O sea que minimiza las Cruzadas, el Holocausto, los pogromos, las invasiones hunas, las mongólicas, Stalin, las dos guerras mundiales, la de Irán-Irak y las matanzas de millones de indígenas en su país. Sólo en Auschwitz fueron asesinados más de un millón de judíos, en una descomunal orgía de locura y sangre».»
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Ing. Ernesto Weinschelbaum
DNI 4.240.904
La Nacion
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