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Por Shmuel Adas

El ‘día antes’ ya llegó.
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A días del inicio de una crucial etapa en los anales del centenario conflicto palestino-israelí, la desconexión de Gaza y el norte de Cisjordania, el día después está a la vuelta de la esquina, dominando la agenda pública. Pero en el día antes, israelíes y palestinos presencian, desconcertados, cómo una vez más minorías extremistas intentan seguir dictando las agendas políticas de Israel y de la Autoridad Nacional Palestina. Un nuevo estallido de violencia palestina, por una parte, y una nueva escalada en la oposición de los ultranacionalistas israelíes, por la otra, amenazan con echar por tierra la más importante iniciativa hacia la paz en muchos años, acercando a los israelíes y los palestinos al borde del precipicio por enésima vez.

La evacuación en medio de la violencia dejaría la franja de Gaza en el caos y haría prácticamente imposible el tan esperado relanzamiento del congelado plan de paz del Cuarteto para el Oriente Próximo, la hoja de ruta. Por ello, también por enésima vez, las diplomacias estadounidense, europea y egipcia se han movilizado para mediar entre israelíes y palestinos, pero sobre todo entre los propios palestinos, a fin de estabilizar la situación.

La secretaria de Estado, Condoleezza Rice, llega apresuradamente a la región para impedir el total colapso de la tregua. Todos intentan persuadir al presidente Mahmud Abbas de que Israel va a reaccionar si no actúa y que nuevos titubeos de su parte obligarán a Israel a lanzar una nueva operación preventiva que asegure que la evacuación sea puesta en práctica según el calendario y en medio de una calma total.

Fuerzas militares y policiales israelíes tomaron esta semana posiciones en los límites de la franja de Gaza para impedir que las decenas de miles de ultranacionalistas que llegaron a la zona pudieran engrosar las filas de los colonos que intentarán evitar el 17 de agosto próximo la evacuación de los asentamientos israelíes. Aunque la mayoría ya retornó a sus hogares, no pudo evitarse que algunos centenares se infiltraran a Gaza. La novedosa paradoja es que el ejército israelí se encontró esta vez en pugnas simultáneas en dos frentes: contra el terrorismo de los extremistas palestinos y contra el desafío de los colonos ultranacionalistas. Mientras intenta frenar a manifestantes dispuestos a desafiar la ley y el orden, a poca distancia caen los proyectiles de morteros y cohetes de los terroristas sobre los asentamientos israelíes en Gaza y las poblaciones en territorio israelí.

La escalada de violencia es el resultado de las acciones de terroristas palestinos. Las consiguientes represalias israelíes incluyeron la reanudación de las eliminaciones selectivas de jefes de las bandas armadas. Si la violencia no cede, en pocos días veremos a las fuerzas israelíes penetrando nuevamente en Gaza a fin de evitar que la desconexión se produzca bajo el fuego, la pesadilla de las fuerzas de seguridad israelíes. Hamas y la Yihad Islámica no esperan el día después y se han propuesto demostrar a los palestinos que, gracias a su lucha armada, Israel se está retirando con el rabo entre las piernas. Israel, a su vez, deberá convencer de que mantiene intacta su capacidad disuasiva y que no permitirá que la desconexión sea interpretada como señal de debilidad y, sobre todo, una victoria del terror. La renovada ofensiva terrorista que comenzó con el primer ataque suicida en una ciudad israelí, Natania, cinco meses después de una ya olvidada tregua, enfrenta al presidente palestino Mahmud Abbas con los fundamentalistas, sobre todo con Hamas. Nuevamente se agita el fantasma de una guerra civil palestina. No pasa día sin que bandas terroristas y fuerzas de seguridad choquen en las calles palestinas, causando víctimas también en la población civil. En una situación caótica como la que se vive en Gaza se puede pasar rápidamente de la retórica al enfrentamiento armado.

De hecho, cohabitan hoy en los territorios palestinos varias autoridades y si Abbas no consigue corregir esta situación, la Autoridad Nacional Palestina no merecerá el nombre de autoridad,escribe un comentarista palestino.

La hora de la verdad para Abbas posiblemente ha llegado. Si no logra neutralizar a los extremistas, su posición corre serio peligro. Su política de aquiescencia ha fallado.

De nada le ha servido intentar persuadir a los líderes de Hamas y de la Yihad Islámica de mantener una tregua que permita crear las condiciones que faciliten la reanudación de las negociaciones con Israel.

No lo tiene mejor el primer ministro israelí, Ariel Sharon, que se encuentra en medio de una de las peores crisis internas en la historia de Israel, en un amargo enfrentamiento con los ultranacionalistas, que, entre otras cosas, le acusan de haber incrementado el terrorismo. El gran dilema de Sharon es que si no reacciona con dureza, estará señalando a los terroristas que tienen libertad de acción durante las semanas que quedan hasta la evacuación. Pero si contribuye a la espiral de violencia, podría complicar e incluso posponer la implementación de su plan, además de dar un duro golpe al frágil Gobierno de Abbas que podría ser el definitivo.

Por otra parte, debe enfrentarse a sectores ultranacionalistas cuyas acciones ponen en peligro las mismas bases del sistema democrático israelí, al desafiar a la autoridad, causando un amargo enfrentamiento interno. Y debe hacerlo con pies de plomo y guante de seda. Pese a todo, Sharon está decidido a llevar adelante su plan de desconexión.

Y su ejecución, escribe un columnista israelí, será un paso pequeño sobre el terreno, pero un paso gigantesco para quienes creen que un acuerdo de paz no es un sueño.

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