Inicio NOTICIAS AMIA la paja y el trigo
Por Ernesto Tenembaum

AMIA la paja y el trigo
Por Ernesto Tenembaum

Por
0 Comentario

Sobre la impunidad en la causa AMIA hay dos relatos posibles y antagónicos, muy difíciles de conciliar entre sí. El primero, sostiene que se trató de un complot ideado desde el gobierno de Carlos Menem, que contó con la complicidad del ex ministro Carlos Corach, del ex jefe de la SIDE Hugo Anzorreguy, del juez Juan José Galeano, de la fallecida camarista María Riva Aramayo, del ex presidente de la DAlA Rubén Beraja. Según esta versión de la historia, el gobierno de Carlos Menem, acorralado local e internacionalmente por la falta de resultados en la investigación, decidió armar una causa donde el principal culpable sería la Policía Bonaerense, un blanco que era funcional gracias a su impresionante desprestigio, a los contactos que había tenido con el principal acusado Carlos Telleldín y a su dependencia de Eduardo Duhalde, por entonces el principal enemigo político de Menem. Para ello el juez, la DALA y la SIDE compraron la declaración de Carlos Alberto Telleldín, inventaron pruebas, consintieron en la desaparición de otras pruebas, quemaron videos clave, y evitaron investigar caminos alternativos que podrían haber incomodado al poder político.

A medida que pasa el tiempo, es impresionante la cantidad de figuras públicas relacionadas con la causa, y sin ningún vínculo entre sí, que respalda esa versión de la historia.

Para enumerar unos pocos:

• Los tres jueces del Tribunal Oral Federal Número 3, a quienes nadie les pudo encontrar hasta ahora ningún vínculo político.

• El fiscal Alberto Nisman.

• La Oficina Anticorrupción.

• La acusación del Consejo de la Magistratura contra el juez federal Juan José Galeano.

• El jefe de la Unidad de Seguimiento de la Causa AMIA, Alejandro Rúa.

• Los familiares nucleados en la agrupación Memoria Activa, que fueron marginados por la conducción de la comunidad judía en 1997, el célebre día en que Rubén Beraja fue a pedirle perdón a Carlos Menem.

• Ex funcionarios de la SIDE como Jaime Stiusso.

• Ex colaboradores de Galeano como Claudio Lifschitz.

Difícilmente se pueda encontrar algún vínculo entre ellos que explique la existencia de un complot o alguna especulación política: simplemente, es gente con historias diferentes, profesiones diferentes, ideas diferente que, por vías diferentes, llegaron a las mismas conclusiones: la causa AMIA se armó por razones políticas que fueron privilegiadas frente a la búsqueda de la verdad. Todos los protagonistas de ese complot o estaban directamente al tanto de ese hecho ilegal, o lo ignoraban y fueron convencidos de que era la manera correcta de actuar, o lo consintieron por debilidad o por corrupción.

La principal prueba de la manera como se armó la causa es el video que fue difundido en 1997 en el programa Día D, donde se ve a Galeano negociando un pago a Telleldín a cambio de que ofreciera una versión armada de los hechos. Es impresionante, en esa cinta, cuando el reo dice textualmente: «Hay cosas que con la verdad no se las puedo decir», y finalmente las declara, para luego desmentirlas en el juicio oral.

Esa versión de la historia, sumamente documentada, contrasta con otra, que es defendida por los acusados de haber participado en aquella conspiración. La versión menemista de los hechos -sostenida hasta el día de hoy por el ex presidente de la DALA Rubén Beraja y el juez Galeano- argumenta que se trataba de una causa complejísima, que se investigó con valentía, que el pago a Telleldín era legal, que la complicidad de la Bonaerense estaba prácticamente probada y que, en todo caso, es el fallo del Tribunal Oral, cuando libera a Carlos Telleldín y a Juan José Ribelli, el que consagra la impunidad. En este caso, Menem, Corach, Anzorreguy, Galeano, Riva Aramayo y Beraja serían víctimas y no partícipes de una conspiración contra ellos. Con la excepción del juez de la Corte Raúl Zaffaroni, de cuya honestidad intelectual es imposible dudar, sólo los acusados o sus amigos -incluida la dirigencia actual de la comunidad judía- repiten esta percepción de los hechos.

Es distinto, en este contexto, un discurso contra la impunidad que refleja la primera versión de la historia y otro que se enmarca en la segunda. En un caso se cuestiona la actuación del gobierno de Menem y en el otro se la defiende. Y en el acto del lunes hubo discursos para todos los gustos. El flamante presidente de la AMIA, Luis Grinwald, por ejemplo, repitió el relato histórico que más agrada a quienes comandaron la causa durante los noventa. Cuando criticó el fallo del Tribunal Oral número 3, por ejemplo, defendió implícitamente a los acusados allí de haber pergeñado la impunidad. El mismo dirigente, unos días antes, había declarado al periódico Nueva Sión que había que olvidar la responsabilidad de los gobiernos anteriores. En el mismo acto, los familiares impidieron el acceso al escenario de la dirigencia de la DALA, con lo cual reflejaron la percepción de la complicidad de Beraja & Cía. con el proceso que terminó en la impunidad del peor atentado de la historia argentina. Pero una semana antes, los mismos familiares permitieron que el presidente de la DATA, Jorge Kirszembaum, un asociado a Beraja, firmara un manifiesto conjunto contra la impunidad junto a ellos y a un grupo de personalidades muy respetables. El periodista Nelson Castro, por su parte, claramente puntualizó la complicidad criminal del Estado argentino en la construcción de la impunidad y recordó la auto humillación de Beraja cuando fue a pedirle perdón a Menem, mientras cobraba redescuentos para el Banco Mayo. Los dirigentes de Memoria Activa, los primeros que denunciaron la complicidad del Estado argentino en el encubrimiento, los que nunca tuvieron vínculo alguno con el poder político o comunitario en los años más difíciles, no participaron del mitin.

Es importante discriminar los discursos porque no se trata de un debate meramente teórico. Por ejemplo, la continuidad de dos de los jueces federales paradigmáticos de los noventa —Juan José Galeano y Claudio Bonadío (quien debió investigar la conducta de su colega y no hizo nada durante un lustro)- depende de cuál versión de los hechos sea más convincente. Es difícil, a esta altura, que alguna vez se conozca la verdad sobre aquel atentado. Pero, quizá, sus lecciones sirvan para afianzar más la independencia de la Justicia y advertir a futuros dirigentes -jueces, ministros, funcionarios sectoriales- sobre el costo que podría tener su compromiso con la impunidad.

Para eso, es importante separar la paja del trigo.

Revista Veintitrés

También te puede interesar

Este sitio utiliza cookies para mejorar la experiencia de usuario. Aceptar Ver más

WhatsApp chat