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Por Amos Oz

Autores israelíes y palestinos contra la guerra
Por Amos Oz

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Imaginen un pueblito a los pies de un volcán a punto de hacer erupción. El volcán tiembla y rezonga durante toda la noche, lanza humo y centellas, y de tanto en tanto arroja piedras incadescentes que ruedan hacia abajo, hacia la aldea. Aquí, en la aldea, hay una mujer que no logra dormir. No por miedo al volcán, sino más bien porque siente que su hijo de dieciséis años, en el cuarto vecino, da vueltas una y otra vez en el lecho sin lograr conciliar el sueño. El muchacho no logra conciliar el sueño, no porque piense en el volcán, sino más bien porque su febril imaginación lo impulsa a consumirse de pasión por la viuda que vive en la callecita. Y también la viuda está despierta toda la noche, no porque tema al volcán, sino porque su joven hija frecuenta a un hombre que la dobla en edad. Y también el viejo permanece despierto toda la noche, no porque el volcán esté a punto de entrar en erupción, sino porque quiere desesperadamente ser elegido en el consejo comunal, aunque sabe que no tiene grandes esperanzas.

Este escenario describe a Israel en tiempo de guerra, en tiempo de los territorios ocupados palestinos, de amenazas de destrucción, de terror, de asentamientos y de miedo existencial. La vida cotidiana, la rutina, continúa a despecho de todo esto, continúa de un año al otro con toda su prosaica mezquindad y con toda la grandeza del heroísmo. Pero este escenario no es una simple descripción de Israel desde el día en que fue fundado, en 1948, hasta hoy. Es también una representación de la condición humana. Todos nosotros, dondequiera que nos encontremos, vivimos en las laderas de un volcán en actividad. A pesar de ello, el volcán no controla, ni podemos permitirle que lo haga, nuestras vidas. Las noches están siempre llenas -y está bien que así sea- de deseos, de ambiciones, de todo tipo de proyectos y conjeturas, de pequeñas esperanzas y pequeñas desilusiones, de preparativos para el día siguiente, de pasiones secretas y de ansia infinita por aquellos que amamos. Cada noche, todas las noches, urdimos nuestros sueños, ridículos, confusos, intensos. Y precisamente todo esto ha sido, es y siempre será el objeto privilegiado de la literatura de la comedia humana.

Ahora bien, imaginemos que en la aldea de la pendiente del volcán, viva, además de la viuda y de su familia, además del muchacho y del político, un escritor. ¿Qué hará el escritor de la aldea en esas noches alumbradas por los resplandores de la lava? Mientras la viuda esté despierta y el muchacho dé vueltas una y otra vez en el lecho fantaseando, y el candidato mida nerviosamente el espacio de la puerta a la ventana, nuestro escritor no carecerá de material. En cambio, la pregunta es: «¿El escritor de la aldea al pie del volcán tiene alguna responsabilidad moral, social o política? ¿Debe alzar la propia voz para protestar? ¿Y debe hacerlo cada día? ¿Durante todo el día? ¿O quizá sólo una vez a la semana?»

Quizá podría plantear la cuestión en estos términos: un escritor trabaja con las palabras. Esto impone al escritor una responsabilidad hacia el lenguaje. Donde palabras llenas de odio sean blandidas como un hacha contra ciertos grupos de seres humanos, no tardará en aparecer un hacha verdadera. El escritor puede ser el vigía del fuego del lenguaje, o al menos el que denuncia la existencia de humo. Puede y, por lo tanto, debe.

Hay un ejemplo que me atañe personalmente: las palabras «cosmopolita», «parásito» e «intelectual no comprometido» son etiquetas despreciativas que fueron usadas tanto por los nazis como por los comunistas. Mi padre y mi madre, mis abuelos y mis abuelas fueron, en gran medida, así de verdad. Intelectuales europeos cosmopolitas. Para los nazis y los comunistas eran parásitos, así en los años 30 no vacilaron en echarlos -padres y abuelos- de Europa. Si Europa no los hubiera exiliado en los años 30, Alemania los habría matado en los años 40.

Cosmopolitas. Parásitos. Intelectuales no comprometidos. Uno de los deberes del escritor es el de intervenir y hacer sonar la alarma cada vez que el lenguaje, que es su instrumento de trabajo, resulta contaminado.

Cada vez que la gente usa, para un grupo étnico o religioso o de otro tipo, expresiones como «inmundo», «crecimiento canceroso» o «amenaza rastrera», el escritor debe levantarse y hacer sonar la campana de alarma de la aldea. Otro punto: un escritor es un hombre que, por la mañana, se levanta, toma una taza de café, se sienta al escritorio y se pregunta a sí mismo: «¿Qué sucedería si estuviera en él? ¿Y si estuviera en ella?». Sin ponerse en la situación de otra persona, en su piel, no se puede escribir ni siquiera un diálogo elemental. Identificarse con el otro, no necesariamente amarlo. No necesariamente estar de acuerdo con él. No necesariamente sostener sus opiniones. Sólo, de tanto en tanto, imaginarse que uno ocupa el lugar del otro.

Un hombre de Jerusalén debería prestar particular atención y no profetizar. Hay un combate hasta la última sangre en el negocio de las profecías en Jerusalén. Con todo, asumiré el riesgo y ofreceré una previsión: cuando llegue el día -y ya está mucho menos lejos de cuanto se pueda pensar- en que haya paz entre Israel, el estado de los hebreos y de todos sus ciudadanos, y Palestina, cuando llegue el momento, estaremos en condiciones de incluir entre los constructores de puentes para la paz a un grupo de escritores israelíes y palestinos que no han cesado ni un momento, aun en medio del fuego, de la sangre y de la rabia, de identificarse con el otro y de preguntarse a sí mismos: ¿qué pensaría, qué sentiría, si estuviera del otro lado? En mi opinión, ese día no está tan lejos. A todos ustedes les llegan noche y día malas noticias: la gran mayoría de los hebreos israelitas y la gran mayoría de los árabes palestinos están ya dispuestos a firmar un compromiso concreto para una solución con dos Estados.

Prontos, no felices. Las encuestas populares, en Israel como en Palestina, muestran, semana tras semana, que el paciente -israelí o palestino- está preparado para una operación que llevará a la creación de dos Estados limítrofes. El paciente ya se ha resignado, más o menos, a la necesidad de la operación, pero los médicos son cobardes. Con la palabra «médicos» quiero decir los líderes de ambos partidos. A pesar de ello, no pasará mucho tiempo antes de que haya una embajada palestina en Israel y una embajada israelí en Palestina. Estas dos embajadas estarán a un tiro de escopeta la una de la otra, porque una estará en Jerusalén Este y la otra en Jerusalén Oeste. Casi todos los asentamientos israelíes serán evacuados, y quizá las casas de los colonos se convertirán en las casas de los refugiados palestinos, cuyos problemas deberán ser resueltos en el Estado de Palestina, no en el de Israel. Los límites permanentes estarán basados en los trazados en 1967, con modificaciones realizadas gracias a los acuerdos recíprocos. Estatutos especiales reglamentarán los lugares sagrados objeto de disputa. Todo esto sucederá en un futuro no remoto, porque los dos pueblos ya están dispuestos -no contentos, pero dispuestos- a una solución práctica de compromiso.

Volvamos a nuestro escritor, aquel que vive con sus vecinos en la aldea al pie del volcán. Debe necesariamente alcanzar cierto compromiso consigo mismo y su conciencia. Si ignora la crueldad, el terror, la injusticia y la opresión que lo circundan y se dedica a describir el paisaje mientras la gente alrededor de él es asesinada, traiciona su conciencia de ser humano. Por otra parte, si transforma sus escritos en un manifiesto rabioso contra la crueldad, la violencia y la injusticia, traiciona su arte y su trabajo.

Por mi parte, cuando quiero mandar al diablo a mi gobierno, escribo un artículo, no una historia. Pero cuando siento la necesidad de contar una historia, la cuento, habitualmente con compasión, curiosidad y brillo, con humorismo, maravilla y satisfacción, con todo lo que poseo. Y cuento la historia porque la necesidad de contar y de escuchar es una necesidad primaria, elemental, instintiva, que no debería estar confinada a la política, a la sociología y a la ideología.

¿Hay algo que el escritor de la aldea en la falda del volcán sería mejor que no hiciese? Sería mejor que no renunciase a su especial propensión a la visión global. Sería mejor que, cuando tome una posición política, no la abarate con un punto de vista simplista. Muchos intelectuales europeos se burlan de los norteamericanos en general, y de Hollywood en particular, por el punto de vista superficial e infantil típico de los films western, donde siempre es obvio quién es el malo y quién es el bueno. Sin embargo, cuando los mismos intelectuales europeos expresan su visión del conflicto en Medio Oriente, no hacen sino escenificar un western hollywoodense. Pero el conflicto israelí-palestino no es un western, es una tragedia. Es una tragedia en el sentido clásico del término: un choque entre dos causas justas. Los árabes palestinos están en Palestina porque Palestina es su madre patria. No tienen otra patria en el mundo. Los judíos israelíes están en Israel porque, en el curso de mil años, no ha habido ningún otro país, ninguna otra nación, en la cual pudieran sentirse como en casa. Como individuos, sí. Pero como nación, los judíos no han tenido nunca otra patria sino Israel.

En Europa existe una tradición intelectual que me resulta extraña y distante. En esta tradición europea, cuando un intelectual toma conciencia de un sufrimiento humano, de un crimen, de un derramamiento de sangre, corre a firmar una petición. Para expresar condena, indignación, desprecio y repugnancia. Para señalar con un dedo acusador. Hecho esto, siente que ha cumplido con sus obligaciones morales. Yo provengo de una tradición distinta. De la herencia de la cultura judía. Se la podría también llamar la herencia moral del doctor Anton Chéjov. Si usted se encuentra en el lugar donde ocurrió un grave accidente automovilístico o una escena violenta, su primera responsabilidad no es condenar a aquel que, conduciendo, causó el accidente, sino más bien ayudar a los heridos. O pedir socorro. O, por lo menos, tener la mano del hombre herido.

A menudo, me cuesta menos comunicarme con palestinos pragmáticos que con los simpatizantes de Palestina en Europa. Mis encuentros con palestinos pragmáticos se parecen a una conversación entre doctores de delantal blanco en el departamento de terapia intensiva de un hospital. A veces no estamos de acuerdo en la urgencia de un tratamiento, en la eficacia o las contraindicaciones de un medicamento. Postergamos el discurso sobre quién es culpable, o quién es más culpable, o quién inició todo, o quién debería ser condenado, hasta el momento en que la sangre cese de correr.
La Nación

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