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«Argentina desconcertante y desesperante». Por Pepe Eliaschev

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Buenos Aires, 18 de julio de 2005.- La Argentina supera, en su derrotero histórico, en su vida cotidiana, la capacidad de asombro más curtida. Sigue siendo un país que día a día, mes a mes, año a año, alcanza nuevas cúspides en materia de desconcierto, de paradojas y de desenlaces absolutamente imprevisibles.

Hoy, al recordarse 11 años de la trágica jornada en la que 85 argentinos perdieron la vida producto de una acción de guerra internacional desatada por el terrorismo fundamentalista que se reclama a sí mismo islámico, en el discurso del representante de los familiares de las víctimas, Sergio Burstein, no hubo una sola mención a los autores del atentado.

A lo largo de la extensa pieza oratoria que fue pronunciada ante el nuevo edificio de la AMIA, en la calle Pasteur, y con la presencia del Presidente de la Nación, el representante de los familiares de quienes perdieron las vidas no mencionó ni una sola vez a los asistentes y a los que escuchaban el discurso por radio (la jornada fue trasmitida íntegramente por Radio Nacional, una decisión correcta), que las muertes se produjeron porque alguien colocó una bomba.

Desconcertante, enloquecedora y demencial Argentina. A lo largo de esta pieza oratoria hubo tiempo para mencionarlo siete veces al presidente Néstor Kirchner; cinco veces al ex presidente Carlos Menem (quien hace casi seis años que abandonó el poder); cuatro veces al ex ministro del Interior, Carlos Corach; dos veces al ex vicepresidente de la Nación, Carlos Ruckauf; dos veces al doctor Eduardo Duhalde; se mencionó dos veces la palabra Atocha, para aludir al atentado de Madrid; dos veces la palabra Londres, para aludir al atentado de la semana pasada en la capital del Reino Unido; se mencionó a otros funcionarios de la era de Menem, como Hugo Anzorreguy, Andrés Antonietti y Hugo Franco, pero no hubo una sola mención al grupo terrorista que, evidente y visiblemente consumó aquel atentado, la organización Hezbollah, particularmente activa en el sur del Líbano, e históricamente telecomandada por grupos incrustados en el corazón del Estado de la República Islámica de Irán.

Los argentinos hemos terminado discutiendo a Menem, a Galeano, a Corach, a Franco, a Anzorreguy, a Telleldín, a Ribelli, y hace 11 años que una patrulla extranjera penetró en la Argentina, estableció acuerdos con delincuentes locales que operaban en el interior de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, así como reducidores de autos, y consumó, con absoluta y completa serenidad, en un país donde ya en marzo de 1992 había acontecido otra agresión internacional cuando fue demolida la Embajada de Israel, el episodio del que hoy se recuerdan 11 años.

Mientras tanto, ¿de qué hablan los familiares de las víctimas? Hablan de Menem, de Corach, de Ruckauf, de Anzorreguy, todos los cuales, sin duda, han tenido -cuando menos por omisión-responsabilidad en la frustración que significó abortar la investigación, que fue anulada por la catastrófica resolución del Tribunal Oral Federal N° 3.

La Argentina parece esencialmente preocupada por debatir, de espaldas al mundo y a la realidad, un episodio que al margen de las calamidades que se produjeron en el proceso de investigación, sigue reconociendo como esqueleto básico de realidad lo que aparentemente ya ha sido olvidado, que en la mañana de un día como hoy, de hace 11 años, un grupo de personas que jamás fue fehacientemente identificado, mediante el estallido de una cantidad monumental de explosivos cargados en un vehículo bomba, que derrumbó gran parte del edificio de la calle Pasteur 633, asesinó a 85 personas.

En el peor de los escenarios, que yo no comparto, y de acuerdo con el cual el centro neurálgico de la cuestión radica en una investigación malograda, ¿cómo se entiende, cómo se explica, cómo se justifica, cómo se racionaliza, que nos hayamos olvidado de hablar de los agresores para concentrarnos en las falencias, reconocidas por otro lado, y evidentes, de la investigación y del gobierno de aquel momento?

Pensemos ahora para adelante.

El mundo civilizado, que existe, junto con el horror que provocaron los atentados terroristas de Londres, ha manifestado una admiración notable por la rápida individualización de esos asesinos que se cobraron más de 52 víctimas fatales. Cuando habían transcurrido apenas 48 horas de los hechos ya estaba muy avanzada la investigación de Scotland Yard, así como de los servicios de inteligencia británicos, y hoy, a diez días de aquel episodio, tenemos fotografías, historias, testimonios y elementos de prueba.

Cuando el actual gobierno de la Argentina firma en la capital de los Estados Unidos de América un acuerdo que no divulga al público y que caracteriza como «proceso de arreglo amistoso», con una entidad que patrocina a solo cuatro de los 85 grupos familiares afectados, y en el cual se anuncia, once años después, que entre los compromisos que asume el Estado, además de manifestar de manera genérica su culpabilidad, está también la creación de una unidad especializada en catástrofes (tanto para la atención de las emergencias médicas como para la recolección y protección de pruebas en casos criminales, lo que incluye la elaboración de un plan de contingencia para casos de atentados), tenemos que preguntarnos ¿dónde está esa unidad especializada en catástrofes? ¿Quién les asegura a los argentinos que el terrorismo que golpeó dos veces no puede volver a hacerlo? ¿Cómo sabemos que ya pasó lo peor? ¿Y si cuatro asesinos seriales, como los que cargaron mochilas con explosivos y se llevaron la vida de tantas personas en Londres, aparecieran en la Argentina? ¿Qué hemos aprendido y en qué hemos progresado desde 1994? ¿Cómo está nuestra Defensa Civil? ¿Cómo se manifestarían los servicios de emergencia? ¿Cómo actuarían los bomberos, entidad ridículamente adscripta a la Policía Federal que todavía no logró explicar aún su involucramiento en la catástrofe de Cromagnon, que no fue un atentado terrorista? ¿Qué pasaría si el terror -ojalá esto sea solo una conjetura desesperada y desesperante- volviese a golpear a los argentinos?

Hemos invertido el tiempo en atacar al juez, al ex presidente, al ex ministro, al ex secretario, y qué hemos hecho positivamente además de ir a Washington a decir que somos culpables.

¿Dónde está la unidad especializada en catástrofes? ¿Dónde están los zafarranchos, los preparativos, los recursos? ¿Dónde están las reuniones informativas con los medios de comunicación, que se manifestaron de manera admirablemente prudente y respetuosa en Londres, mientras que en la Argentina -cuando se produjo la tragedia- era abominable ver el desorden, la locura y la falta de preparación de los propios periodistas? ¿Qué hemos hecho en la materia, además de seguir regurgitando, como siempre, las ácidas controversias del pasado sin avanzar un solo centímetro en encarar una realidad probable?

La Argentina forma parte del mundo. En 1992 pensábamos que no. Nos lo hicieron recordar. Dos años después nos lo volvieron a hacer recordar. Casi 120 muertos son el resultado de apenas dos años de actividad terrorista internacional en la Argentina.

¿Qué ganan los familiares de las víctimas al ignorar la naturaleza verdadera de la agresión? La agresión no desaparece porque nos hacemos a la idea de que no ha existido. Por el contrario, desde 1992, cuando se produjo el atentado -que fue un acto de guerra, en el sentido más convencional de la palabra, ya que fue bombardeada una misión diplomática y borrada del mapa en Buenos Aires-, hasta la fecha han pasado una cantidad obscena de tiempo (trece largos años) como para que el país no haya querido admitir que forma parte de un planeta donde este tipo de conflictos son absolutamente imprevisibles, pero lo que es mucho más grave, son absolutamente probables, además de posibles.

Argentina desconcertante y desesperante.

Argentina que niega la realidad.

Argentina regurgitante.

Tristísimo 18 de julio.

PEPE ELIASCHEV

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