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Martín no dudó en volver a trabajar en la AMIA.

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A las 9.53 del 18 de julio de 1994, la bomba la borró de la zona de Once. Con su reconstrucción, se agigantó. Los primeros dos años, tras el atentado, la AMIA incorporó unos 1500 socios, muchos no judíos que querían ayudar.

El día del atentado, Martín Cano, de 20 años, que trabajaba en maestranza limpiando pisos, debía oficiar de mozo de la presidencia. Se puso el moñito y arrastraba su carrito de café en el subsuelo cuando estalló la mutual. Quedó atrapado 12 horas entre los escombros, con las piernas y un brazo aprisionados. «El dolor era terrible. Estaba asustado. Cuando empezó a subir el agua de una cisterna, pensé que me ahogaba», recordó Cano, que sigue trabajando como empleado de maestranza, ahora, en el nuevo edificio.

Martín tiene hoy 32 años y cinco hijos. Su reino es un cuartito en el subsuelo, protegido por la leyenda: «No ingresar. Zona restringida». Está repleto de escobas y detergentes. Allí guarda sus cosas en un locker con el escudo de Boca. Tras el ataque, estuvo atrapado junto a Jacobo Chemahuel, su compañero de trabajo, que fue rescatado tras permanecer 36 horas bajo los escombros. «Cacho», como lo llamaban los bomberos, murió horas después.

Martín estuvo dos semanas internado y un año y cinco meses convaleciente, pero no dudó en volver a trabajar en la AMIA. «No le tengo odio a nadie. Miedo a uno le queda… El atentado cambió mi forma de mirar la vida. Ahora, uno toma todo con más fuerza, por los chicos», explicó. Ellos y su mujer lo esperan diariamente en Libertad, partido de Merlo, donde es conocido por todos los vecinos.

El edificio que limpia ahora Martín tiene nueve pisos y dos subsuelos. Se debatió si debían reconstruirlo en el predio de Pasteur 633, pero como nadie le vendía ni le alquilaba nada a la AMIA, decidieron iniciar las obras del nuevo inmueble en el mismo lugar.

Allí trabajan 170 personas, muchas menos de las 450 que ocupaban el antiguo inmueble. Además de la AMIA, allí funcionan la DAIA y otras instituciones judías. El departamento de la AMIA dedicado a la red de empleo tiene 150.000 inscriptos, el 50 por ciento de los cuales no son judíos.

Ingresan en el edificio 10.000 personas por mes. Unas 50.000 disfrutan de actividades culturales. Unas 3500 reciben asistencia económica. Se dedica a acción social un presupuesto de 5 millones de pesos, pero la red de más de 500 voluntarios y las donaciones son vitales a la hora de los aportes que permiten brindar cada vez más servicios.

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