Itongadol/Agencia AJN (Por Tanya Lukyanova/The Free Press).- El 29 de marzo, en un barrio llamado Tel al-Hawa al sur de la Ciudad de Gaza, Hamás asesinó brutalmente a Uday Nasser Saadi al-Rabbay, de 22 años, según su familia. Tras ser torturado y mutilado, su cuerpo fue arrojado desde un edificio alto.
¿Su crimen? Se había pronunciado -en voz alta y públicamente- contra los terroristas que gobiernan Gaza con mano de hierro.
La semana pasada, durante tres días seguidos, miles de valientes palestinos tomaron las calles en toda la Franja de Gaza, en las mayores manifestaciones contra Hamás desde el 7 de octubre de 2023. Uday fue parte de esas protestas. Pero el sábado dio un paso más allá. Se puso de pie dentro de una cafetería de la Ciudad de Gaza y, en voz alta, denunció a Hamás.
Según su familia, pocas horas después, unos 30 hombres armados de las Brigadas Qassam, el brazo militar de Hamás, irrumpieron en su casa y se lo llevaron a la rastra. Su familia afirma que lo torturaron durante horas, hasta que murió. Cuando terminaron, luego de haberle roto los dedos, apuñalado repetidamente y golpeado la cabeza con la culata de un fusil, arrojaron su cuerpo desde un techo. Tenía una nota abrochada a la ropa: «Este es el precio para todos los que critican a Hamás».
Hasta ahora, la familia tenía miedo de hablar con periodistas, temiendo que sus palabras fueran tergiversadas, ya que muchos periodistas locales de Gaza sirven como portavoces de facto de Hamás, o que los restantes hijos de al-Rabbay fueran los siguientes en ser atacados.
Pero a través de nuestra sociedad con El Centro para las Comunicaciones por la Paz, The Free Press pudo lograr entrevistas exclusivas con la madre y el padre de Uday y uno de sus primos. Esta es la primera vez que hablan públicamente sobre lo sucedido.
“Era un hombre de verdad. No le gustaba mendigar. No le gustaba lo que era injusto.” Eso fue lo primero que dijo el padre de Uday al describir a su hijo.
Uday no era un militante, continuó explicando su padre. Era solo un joven que quería tener una vida normal y que se negaba a fingir que Hamás no se la había robado. Mucho antes de las manifestaciones de la semana pasada, Uday era conocido por pronunciarse contra el grupo terrorista, y había sido perseguido por ello. Su madre dijo que le advirtió: “Tené cuidado -le dijo a su hijo-. Sabés que vendrán por vos”.
“No tengo miedo”, le respondió.
Hace aproximadamente un año, dijo su padre, Hamás acusó falsamente a Uday de robar dinero y oro. Lo arrestaron, le quitaron el teléfono y todos sus ahorros y lo torturaron.
“Quisieron dispararle en ambas piernas, pero se escapó por la ventana y volvió a casa”, dijo su padre.
Luego que las protestas contra Hamás estallaran la semana pasada, Uday vio la oportunidad de desafiar de nuevo a Hamás. Fue a una comisaría controlada por Hamás y exigió saber si había cargos en su contra. No los había. Luego exigió que Hamás le devolviera su teléfono y su dinero y que fuera a su barrio a disculparse públicamente por haberlo llamado ladrón.
Eso nunca ocurrió. En cambio, enviaron a unos 30 hombres para asesinarlo.
«Lo atraparon, lo torturaron, le cortaron los brazos con cuchillos, lo apuñalaron con destornilladores», dijo su madre. «Lo apuñalaron 170 veces. Todo su cuerpo estaba apuñalado y perforado, y la sangre salía a borbotones».
Uday era uno de 12 hijos. Había terminado la escuela secundaria, pero no le veía sentido a seguir la universidad. «No hay futuro en la educación superior», explicó su madre. «No hay trabajo ni nada. No hay trabajo estable».
En lugar de agobiar a su padre con gastos universitarios, Uday quiso ayudarlo a mantener a la familia, dijo su primo. Uday hacía trabajos esporádicos cuando podía, reponiendo estantes en un supermercado, sacando escombros o vendiendo leña. También quería casarse, pero ese sueño era inalcanzable. «Su situación económica no era buena -dijo su madre-. No lo suficiente como para casarse».
Más que nada, solo quería irse. Su hermano mayor, Lu’ay, ya se las había arreglado para escapar de Gaza, algo que no es fácil de hacer, y había aterrizado en Bélgica. Uday planeaba seguirlo. “Me dijo que una vez que terminara la guerra y comenzara el Ramadán, emigraría adonde vive Lu’ay”, dijo su madre con la voz quebrada. «Quería salir».
Es el sueño de muchos en Gaza en este momento. “Todo joven gazatí asediado en la Franja de Gaza sueña con irse sano y salvo con todos los miembros de su familia”, dijo el primo de Uday. “Queremos tener una vida como lo hacen los demás. Queremos educación, un futuro y trabajo. Queremos una vida digna”.
De eso se trataban las protestas. Estaban impulsadas por jóvenes que crecieron en las ruinas de Gaza, asfixiándose bajo el régimen de Hamás, desesperados por tener una vida normal.
La familia de Uday ahora vive con miedo. Su madre dijo que Hamás nunca los contactó directamente después de que su hijo fuera asesinado. Pero empezaron a llegar amenazas. «Ahora están amenazando a sus hermanos», dijo. «¿Vamos a perder a todos nuestros hijos?».
Los amigos de Uday también han comenzado a recibir amenazas y algunos están escondidos. Iyad Jundia, uno de los líderes de las protestas contra Hamás en el norte de Gaza, posteó un video en redes sociales el lunes en el que afirmaba que las Brigadas Qassam habían incluido su nombre en la «lista roja», que, según él, es en realidad una lista de muerte.
La historia de Uday no ha llegado a los titulares internacionales. No habrá marchas por él en las capitales occidentales. No hay hashtags virales, ni vigilias a la luz de velas, ni declaraciones de políticos o famosos occidentales. Pero dentro de Gaza, la gente conoce su nombre.
“Se levantó en una cafetería y gritó contra Hamás”, dijo Hadeel Oueis, el periodista que habló con su familia. “Ese pequeño acto lo convirtió en un blanco. Pero también lo convirtió en un símbolo. Fue uno de los pocos valientes que se atrevieron a alzar la voz en público. Y pagó el precio más alto por ello”.
“La gente ha empezado a alzar la voz por la muerte”, dijo el primo de Uday. “Una persona está sentada y, de repente, hay un bombardeo que mata a su hijo, a su padre, a su madre o incluso a sí mismo. Entonces, se pregunta: ¿muero por la ocupación y no digo nada o muero diciendo la verdad? La gente está harta.”