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El primer ministro israelí ponía así el contrapunto de dureza a las confianzas diplomáticas que Estados Unidos empieza a tomarse con Irán. La mejor prueba de que algo se mueve entre ambos países no es tanto lo que ha dicho Barack Obama en la ONU como lo que Ahmadinejad no ha dicho: con todas las críticas de Netanyahu, el parlamento del iraní fue de los menos agresivos que se recuerdan. Incluso se reservó sus chistes sobre el Holocausto para declaraciones menos trascendentes, fuera del marco de la Asamblea.
Ése es el punto en que Washington y Tel Aviv difieren o se complementan, según se mire: en si vale o no vale la pena intentar una aproximación puramente diplomática a Irán. Netanyahu cree que no. Obama cree que sí, y por eso está rodeando Irán de poderosos cortafuegos, empezando por Rusia. China podría sumarse sólo si en el marco del G20 Estados Unidos les ofrece algo tan económicamente goloso como políticamente lo ha sido para Moscú la retirada del escudo antimisiles de Europa del Este.
Paralelamente la Casa Blanca cuida el flanco interno favoreciendo el ascenso en Estados Unidos de lobbies judíos menos oficialistas. El mensaje de Israel es que si Obama falla el pato lo pagarán sin duda ellos. Pero no sólo ellos.
ANNA GRAU

