Es viernes y faltan cuatro días para las elecciones que tantas veces fueron llamadas «decisivas» para el país y para todo Oriente Medio. La calle en Israel parece haber aceptado de antemano la victoria del status quo representado por el premier Ariel Sharon o, según se lea, el fracaso de una propuesta de cambio pacifista propuesto por el laborista Amram Mitzna, en un ambiente de atentados suicidas y con la amenaza de una inminente guerra en la región.
Tradicionalmente, el último viernes antes de las elecciones es un día de manifestaciones de los partidos en pugna. Esta vez la tradición se perdió en el calendario. A media mañana, Adrián (40), encargado de acompañar a un grupo de argentinos, buscaba desesperado en Tel Aviv cómo mostrar lo que no hay. «Las rutas, sin carteles políticos a los costados; los que reparten volantes parecen alquilados por hora: nadie parece esforzarse por convencer a nadie. ¿Cómo les muestro a los turistas argentinos a «la única democracia en Oriente Medio en plenitud?», se quejaba Adrián.
En Tel Aviv, Dizengoff fue alguna vez la principal calle comercial. Hoy es un fantasma de negocios cerrados como producto de la crisis económica de los dos años de Intifada. La entrada a cada café está bloqueada por un guardia armado con un detector de metales y en muchos casos por un revólver enfundado en una cartuchera. Los atentados suicidas en lugares públicos empujaron a la economía israelí a la recesión, pero paradójicamente crearon decenas de miles de lugares de trabajo para guardias, entre ellos muchos inmigrantes rusos y, ahora también argentinos.
Algunos clientes del café de Gordon tienen los diarios abiertos sobre la mesa. Los titulares hablan de la formación del nuevo gobierno encabezado por Ariel Sharon, pero Igal y Talia parecen desconectados. Dice Igal: «La verdad es que no sé qué votar. No le creo a nadie. Sharon no cumplió su promesa de lograr seguridad y paz y el laborismo lo acompañó en el gobierno hasta hace tres meses. ¿A quién creerle?»
Dizengoff y King George. Una placa recuerda el atentado que en febrero mató a una veintena de israelíes, entre ellos, niños disfrazados el día del carnaval. A su alrededor, negocios de liquidación. «Estamos todo el año en liquidación, con un margen de ganancias mínimo o tratando de sacarnos de encima la mercadería», dice Marcus, un vendedor.
Por King George se llega al Mercado central de Tel Aviv, Shuk Hakarmel. Ropa, artículos del hogar y comida se reparten en cientos de puestos que se apiñan en una calle angosta que baja hacia la costanera. Tres años atrás, aquí no entraba ni un alfiler. Iakov, vendedor de quesos frescos, dice: «Cada vez viene menos gente. El miedo nos mata». Y señalando a los clientes dice: «La mayoría de la gente viene sola. Antes venían los mujeres y sus maridos para cargar las bolsas. Ahora mandan al marido con una lista o vienen solas, y cuando les pregunto me dicen: «Es por si hay un atentado, que alguien quede vivo para criar a los chicos».
En la calle Najalat Biniamin, los martes y los viernes se abre una feria artesanal en la que se escucha mucho castellano de nuevos inmigrantes. Edgardo (45) es argentino y busca un regalo para un cumpleaños. «¿Si tengo miedo? Un poco, pero soy fatalista. Lo que tiene que ser será.»
La Plaza de la Nación es en realidad un baldío de 4 manzanas de superficie y forma circular, en medio de una de las zonas más caras de Tel Aviv. Tres meses atrás se establecieron en el lugar decenas de familias sin techo, creando, con apoyo de organizaciones sociales y de izquierda, un asentamiento de carpas, tablones de madera y chapas, que justificaron cambiar el nombre por el de «La plaza del pan».
La última tormenta arruinó colchones y ropas y gran parte de las «instalaciones» del autobús desechado donde se refugian varios habitantes, entre ellos Jaia (32) que cría sola a sus dos hijas de 5 y 3 años. Para Jaia, las cosas empeoraron con la llegada del invierno: «Llegué acá porque me redujeron el sueldo y no me alcanzaba para pagar el alquiler. No soy una vaga, pero cada vez se hace más dificil, con la reducción de la ayuda a madres solas, el encarecimiento de la vida, sobre todo los últimos dos años, y los recortes de sueldos».
¿Por quién va a votar? Jaia duda unos segundos «Creo que por Sharon», dice, y cuando se le pregunta si no hay una contradicción en su voto, contesta: «¿Y a quién si no? Todos prometen y después no cumplen. Y Mitzna dice que está a favor de los árabes.».

