Itongadol.- (Dan Ben-David* – The Times of Israel) Tras haber reducido significativamente la amenaza existencial externa que enfrenta Israel, llegó el momento de eliminar la amenaza existencial interna. Dado el ritmo exponencial de los cambios demográficos dentro del país, el gobierno actual nos dio un anticipo del futuro hacia el que esta demografía nos está llevando rápidamente. Al hacerlo, no solo generó una conciencia pública sin precedentes sobre la necesidad de un cambio de rumbo profundo, sino también la mejor -y probablemente última- oportunidad para rediseñar la agenda nacional.
Ya vimos esta película antes. Tras la Guerra de Yom Kipur (Día del Perdón, 1973), surgió el Movimiento Democrático por el Cambio (Dash), con figuras destacadas del mundo militar, empresarial y judicial.
Sin embargo, el lema “Basta de corruptos” no era un plan concreto, así como tampoco su integridad personal ni sus éxitos en otras áreas reemplazaban la comprensión profunda de los problemas de fondo, ni la capacidad de distinguir entre soluciones superficiales y estructurales.
La ingenuidad y arrogancia del liderazgo de Dash terminaron contribuyendo a un gran cambio nacional: las elecciones de 1977 -conocidas como el Mahapaj o “la gran transformación”- lideradas por los predecesores del actual gobierno, que dieron un vuelco a la agenda nacional y nos llevaron directamente a la realidad actual.
Del mismo modo, “Cualquiera menos Bibi” no es un plan de acción. Es una condición necesaria para alcanzar un objetivo, pero no el objetivo en sí mismo. Necesitamos líderes que comprendan la gravedad del momento, que se eleven por encima del juego político habitual sobre quién se alía con quién, y que puedan ampliar su base a costa de otras facciones de la oposición.
En lugar de luchar entre sí, necesitamos líderes capaces de presentar un verdadero plan de acción, personas capaces de enfrentar en conjunto a fanáticos corruptos y mesiánicos obsesionados con el poder, el dinero y el prestigio.
Uno de los problemas estructurales de Israel es la comunidad haredí (ultraortodoxa), que duplica su proporción en la población cada 25 años -es decir, en cada generación-. Hoy, los haredíes representan solo el 6% de los abuelos de entre 50 y 54 años, pero ya son el 26% de los niños israelíes de entre 0 y 4 años. Mañana estarán en las escuelas, y pasado mañana deberán mantener a sus familias y defender al país de amenazas externas, o no lo harán.
Si no lo hacen, ¿quién será el futuro médico, ingeniero o soldado israelí? ¿Qué ocurrirá con el único hogar que nos permite enfrentar unidos a quienes odian a los judíos?
Los lemas como “Que sirvan en el ejército” o “Que trabajen” tampoco son planes de acción. ¿Qué herramientas tienen hoy los haredíes para integrarse al mundo moderno y autosostenerse? Incentivar una mayor tasa de natalidad entre la población no haredí tampoco es una solución, ya que Israel será el país más densamente poblado de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en una década y uno de los diez más congestionados del mundo en 40 años.
Dividir a Israel en cantones no resuelve nada cuando los que valoran la democracia liberal conviven con quienes la explotan para sostenerse a expensas de los demás, sin ofrecer herramientas a sus hijos para opciones de vida distintas.
Teniendo en cuenta que Israel tiene el peor sistema educativo del mundo desarrollado (incluso sin contar a los haredíes, el rendimiento en materias centrales está por debajo del de todos los países desarrollados), el primer pilar del marco necesario para una Israel 2.0 -y la clave de un giro nacional- es una reconstrucción del sistema educativo.
No se trata de otra “reforma” más, sino de una mejora sustancial de los contenidos básicos para todos los niños, con la exigencia de que dicho núcleo curricular (que es solo una parte del total) sea idéntico y obligatorio para todos los estudiantes.
El segundo pilar -la herramienta para aplicar esta transformación educativa- es un cambio en las prioridades presupuestarias. Con decenas (posiblemente cientos) de miles de millones de shekels necesarios para reconstruir el norte, el sur, el ejército y las vidas rotas, hoy resulta mucho más fácil justificar públicamente el cierre inmediato y total del flujo financiero hacia escuelas que no enseñen íntegramente el nuevo currículo obligatorio, así como el cese de financiamiento a estilos de vida basados en no trabajar ni cumplir con el servicio militar obligatorio.
El tercer pilar busca evitar que futuros gobiernos de Israel estén dominados por minorías extremistas. Se necesita una reforma profunda del sistema de gobierno: cambiar el método de elección de líderes, restaurar los equilibrios entre los poderes del Estado y exigir altos estándares profesionales para los funcionarios públicos de carrera.
El cuarto y último pilar del marco Israel 2.0 es una constitución que consagre de manera permanente estos cambios fundamentales, permitiendo que el sistema educativo haga su trabajo de base para que, dentro de una o dos generaciones, no haya una mayoría que quiera devolver a Israel al desastre que estamos viviendo hoy.
Este marco trasciende la división entre derecha e izquierda, religiosos y seculares, judíos y árabes, porque aborda los problemas estructurales y no las disputas diarias sobre cómo reacomodar las sillas en el Titanic. Es un marco capaz de cambiar el rumbo de todo el barco, para que nuestros hijos y nietos puedan vivir en el refugio seguro que solo una democracia liberal puede ofrecer y defender.
El camino a seguir
Este es el momento para un pensamiento y una acción fuera de lo convencional. Para líderes capaces de identificar los problemas estructurales que amenazan el futuro de Israel y dispuestos a presentar un plan concreto que refleje esta comprensión. Un plan que no solo reciba el apoyo de los votantes opositores, sino también de muchos actuales votantes del Likud (el partido oficialista, liderado por Netanyahu) y de haredíes que desean un futuro sostenible para sus hijos.
Ahora es el momento de formar temporalmente un partido político paraguas que abarque a todos los partidos de la oposición, con una plataforma simple compuesta únicamente por los cuatro pilares: reforma educativa, cambio presupuestario, reforma del sistema de gobierno y una constitución.
Los líderes de la oposición deberían -conjuntamente y antes de las próximas elecciones- formar equipos técnicos dedicados exclusivamente a esos cuatro pilares, desarrollando una plataforma unificada que ofrezca soluciones de fondo y esperanza real de que se puede salvar el único hogar nacional del pueblo judío.
Este partido debería implementar el plan durante su primer año de gobierno tras ganar las elecciones y luego, inmediatamente, disolver la Knesset (Parlamento) y convocar a nuevas elecciones bajo el nuevo sistema.
Así como nos unimos para enfrentar amenazas externas, este es el camino hacia la unidad civil contra la amenaza existencial interna. La ventana demográfica y democrática se está cerrando a un ritmo exponencial.
Este es el momento de líderes que comprendan la gravedad del momento y lo que se espera de ellos ante la encrucijada a la que llegamos.
*Dan Ben-David dirige el Shoresh Institution for Socioeconomic Research y es docente en la Universidad de Tel Aviv. Fue nombrado “Persona del Año” por el diario Calcalist e incluido tres veces en la lista anual de Haaretz–TheMarker de las 100 personas más influyentes de Israel. Su investigación académica lo ubicó entre los diez economistas más citados del país entre 1990 y 2000. Además, recibió dos veces el premio al “Mejor Docente” de la Universidad de Tel Aviv.

