Los testimonios recogidos en Ezeiza son coincidentes: no tienen miedo a los atentados terroristas palestinos y a la posible guerra en Irak, y quieren aprovechar los beneficios especiales que les ofreció Israel durante este año y que, según se anunció ayer, se extenderán durante un año más.
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Fue la dura crisis económica la que impulsó a la mayoría de esas familias, jóvenes y adultos solos, o parejas mayores, a buscar nuevos horizontes. Para ellos, la partida es sinónimo de empezar de nuevo, encontrar otras oportunidades. Es el caso de Pablo Garretón, de 27 años, y su mujer, Valeria Poloni, de 23, que junto con su pequeña hija Iara, de 3 meses, se despidieron ayer del país.
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«Nos vamos porque acá las condiciones de trabajo no son favorables para nosotros como familia. Vamos a buscar otro plano de inserción laboral, de proyectar un futuro económico para la familia», explicó Pablo, que tiene la intención de volver en diez años.
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Los Garretón se instalarán en un kibbutz en Alta Galilea, en el norte del país. «Tratamos de no pensar en lo que dejamos atrás. El sueño es poder volver», dijo Valeria.
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Pese a la amenaza de atentados terroristas, afirman que no tienen miedo. «Los atentados en Israel están sectorizados, del centro del país para abajo. En el Norte, adonde vamos nosotros, no hay ataques», dijo Pablo.
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Para Isaac Piechotka, de 77 años, y su esposa, Sara, de 69, las cosas tampoco marchaban bien en nuestro país, por lo que tuvieron que dejar su casa de Liniers y hacer las valijas.
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«Con la jubilación que tenemos acá, de 400 pesos entre los dos, no podemos sobrevivir», explicó Sara. «No es cuestión de que siempre nos estén ayudando. Queremos valernos por nosotros mismos en los años que nos queden. Tener una vejez más digna», agregó.
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Los Piechotka viajaron a Modin, entre Tel Aviv y Jerusalén, para encontrarse con uno de sus hijos y su familia, pero dejan atrás a su otro hijo, con su esposa y sus hijos. «Acá dejamos atrás una gran familia», se lamentó Isaac, sin poder contener el llanto.
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Isaac, que planea trabajar como carpintero o electricista, se lleva en un contenedor mil libros; otros mil los regaló a la casa de cultura de Liniers.
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Cambio de vida
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A los que emigran a Israel no siempre los impulsan los mismos motivos que los que hacen largas filas en las embajadas de Italia y España en la Argentina o en otros países de América latina. No es sólo la crisis económica: algunos se deciden a dar este giro en sus vidas para buscar nuevas experiencias de vida o seguir sus convicciones religiosas y culturales.
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«Me voy porque de chiquito me enseñaron que los judíos tenemos que tener un país y para mí ahí es donde tengo que estar», afirmó Michel Cohen, de 18 años, ante la atenta mirada de su pequeña hermana Irene, que no se despegaba de su lado.
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Michel partió a Jerusalén para estudiar Ingeniería en Sistemas y cumplir el servicio militar. «Quiero que mis hijos nazcan allá. Además, por la situación económica, no quiero que mis hijos sufran lo que yo sufrí acá», dijo.
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Como Michel, Denise Epstein, también de 18 años, se va para estudiar. «No me voy por la crisis. Me voy porque quiero probar vivir en Israel y porque mi hermano está allá», explico esta joven de Santa Fe que toca el trombón y planea dedicarse a la música.
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En otro momento de su vida, ya lejos de la época universitaria, Susana Lacki, de 50 años, partió a Jerusalén dejando atrás a sus hijos Florencia (26), Mariano (28) y Luciano (21).
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«Creo que soy una excepción, porque la gente se va en general por problemas laborales, que no es mi caso. Yo trabajo bien. Me voy por una búsqueda de un cambio de vida. Mis hijos se independizan, yo estoy sola, y después de haber estado bastante mal tomé está decisión. Ahora estoy muy contenta», explicó esta profesora y traductora de inglés médico, que intenta convencer a sus hijos para que se sumen más adelante.
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Susana dice que no tiene miedo a los atentados. «No pienso en eso. Si te toca, te toca», dijo.
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En el caso de la familia Farache, la ida del país abarcó tres generaciones. Se fueron Simy (72) y su esposo, José (81), su hija Ana (40) y sus nietos Tziporah (12) y Jonathan Giber (15).
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«Yo tengo el deseo de irme desde chica, es como una asignatura pendiente», señaló Simy, que comparte el sueño de ir a vivir a Israel con su hija Ana. «Pero también nos vamos con tristeza, porque uno deja atrás mucha cosas que la Argentina nos dio», agregó.
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Los Farache, que también dijeron no tener miedo a los atentados, se separarán al llegar al aeropuerto Ben Gurión. Simy y José irán a la casa de un familiar en Jerusalén, y Ana y sus hijos se dirigirán a un centro de absorción en Ashdod, sobre el Mediterráneo.
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Los chicos dejan atrás a sus amigos, pero se reencontrarán con otros que ya se fueron antes. «La idea de irme no me parece ni mal ni bien», dijo Jonathan, no muy seguro de cómo sentirse ante la nueva vida que irá a buscar a Israel, como lo hicieron los otros miles de argentinos que se fueron este año.
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Pilar Conci
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Objetores de conciencia
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JERUSALEN (ANSA).- La Corte Suprema israelí rechazó ayer un pedido realizado por ocho reservistas que pedían el reconocimiento del derecho a no servir en los territorios palestinos de Cisjordania y Franja de Gaza.
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En la sentencia, el tribunal advirtió que la sociedad estaría en grave peligro si delegara a cada soldado un poder discrecional sobre operaciones militares que fuera aceptable para él.
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En una sociedad que se caracteriza por profundas divisiones ideológicas como la israelí, reveló el juez Aharon Barak, la frontera entre la objeción de conciencia pura y la oposición política al gobierno es frágil. El juez Dorit Beinish, por su parte, recordó que Israel debe enfrentar una grave ola de terrorismo palestino y ratificó que se necesita impedir a cualquier costo que el ejército sea arrastrado a un debate de carácter político.
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La protesta de los reservistas surgió en enero, cuando cincuenta de ellos se negaron a servir en los territorios. Desde el comienzo de la actual ola de violencia, más de 500 soldados rechazaron ir allí, al señalar que eso perpetúa el dominio militar israelí.
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