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Hoy en la historia judía. Se cumplen 72 años de la muerte de Ana Frank

12.03.2017 07:12  | 

Itongadol/AJN.- Aproximadamente el 12 de marzo de 1945, la fecha exacta no está confirmada, falleció Ana Frank, autora de un diario en el cual describe el período en que ella y su familia debieron vivir escondidos en Ámsterdam, durante la ocupación nazi de Holanda, por ser judíos. Al momento de su muerte padecía tifus y se encontraba en el campo de concentración Bergen-Belsen.
 
Annelies Marie Frank Hollander nació el 12 de junio de 1929 en la ciudad alemana de Fráncfort del Meno. Era la hija menor del matrimonio integrado por Otto Heinrich Frank y Edith Hollander, y su hermana mayor se llamaba Margot.
 
Al cumplir los 13 años, en 1942, recibió como regalo un diario, en el cual volcó sus memorias desde ese momento hasta que fue apresada por los nazis.
 
Otto Frank, quien había participado en la Primera Guerra Mundial integrando el ejército alemán, donde alcanzó el grado de teniente, era un comerciante acomodado que, luego de la llegada del nazismo al poder, en 1933, y como consecuencia de las disposiciones tomadas contra los judíos, decidió trasladarse a Ámsterdam con su familia.
 
El 9 de julio de 1942, cuando los nazis, que habían ocupado Holanda a poco de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, comenzaron las deportaciones de judíos a campos de concentración, Otto recibió la citación para ser enviado a un campo de trabajo y decidió esconderse en dependencias ocultas detrás del comercio de un conocido, en un viejo edificio de la zona occidental de la ciudad, junto con su familia, Hermann y Auguste van Pels y su hijo, Peter, y Fritz Pfeffer.
 
En ese escondrijo, que Ana denomina en su diario “Achterhui” (anexo de atrás), vivieron hasta el 4 de agosto de 1944, cuando tras ser delatados por un informante holandés fueron detenidos por la Gestapo y trasladados a un campo de tránsito en Holanda y, a principios de septiembre, a otros de exterminio en Polonia; el único sobreviviente fue Otto Frank.
 
Ana y Margot fueron enviadas a Auschwitz y, un mes después, a Bergen Belgen, donde ambas fallecieron de tifus: la primera el 6 de enero de 1945 y la otra, el 9 de marzo.
 
Dos de las personas que ayudaron a los ocho habitantes del Achterhui recorrieron el lugar y encontraron el Diario y otros escritos de Ana luego de que fueran detenidos por los nazis.
 
Los guardaron hasta que Otto Frank regresó al finalizar la contienda bélica y se los entregaron. 
 
Luego de leer los textos, Otto decidió difundir el contenido del Diario en forma de libro.
 
La primera edición, con el título “Het Achterhuis (La casa de atrás)”, fue publicada en 1947 en Holanda y reimpresa en 1950, para luego ser editada con el título “El Diario de Ana Frank”, que fue traducido a casi todos los idiomas y motivó varias películas y obras de teatro.
 
Ana Frank escribió su diario como si fueran cartas que le enviaba a una amiga imaginaria, Kitty, para contarle tanto sus vivencias como ilusiones en el “anexo de atrás”, donde en pocos metros cuadrados debían vivir ocho personas, lo cual planteaba muchos y delicados problemas de convivencia.
 
Lo hizo en forma amena, a veces incluyendo páginas alegres, con hechos triviales de la vida diaria que adquieren una importancia particular, a la vez que reflejan cómo Ana se iba convirtiendo en una adolescente que tenía una visión clara y objetiva para analizarse, y a los adultos que la rodeaban, con gran libertad. 
 
Un ejemplo es la relación que estableció con Peter y las disímiles reacciones que ello causó en su padre y su madre, de quien tenía una visión crítica, lógica en la pubertad.
 
Otra es la manera en que sentía que le censuraban los libros que deseaba leer o sus sentimientos respecto a su hermana, de quien afirmaba que solo pensaba en irse a vivir, al finalizar la guerra, a uno de los ishuvim (poblaciones) que el movimiento sionista creaba en la Tierra de Israel, mientras que ella deseaba estudiar -por ejemplo, literatura- y conocer diversos países.
 
Pero pese a estas ilusiones también intuía cuál sería su final, pues escribió: “Quiero que algo de mí perdure después de la muerte. Por esto agradezco a Dios este don que me ha dado la posibilidad de desarrollarme y escribir; es decir, de expresar lo que pasa dentro de mí”.
 
El “Diario de Ana Frank” es considerado un símbolo del sufrimiento de las seis millones de personas asesinadas por el nazismo durante la Shoá por el solo hecho de ser judías, y también ha sido alabado por su calidad literaria.
 
Pero esto no obvió que negadores de la Shoá e historiadores revisionistas lo juzgarán apócrifo, lo cual en 1959 llevó a Otto Frank a iniciarle un juicio a uno de ellos, el profesor Lothar Stielau, un ex miembro de las Juventudes Hitlerianas.
 
Un año después, el tribunal de Lubeck dictaminó que era auténtico.
 
Como otros afirmaban que Ana Frank no había existido, Simon Wiesenthal decidió probar la veracidad de su historia y busco a quien los delató.
 
Su nombre era Karl Silberbauer, quien en 1963 confesó su rol en agosto de 1944 e identificó a Ana Frank en unas fotografías que le mostraron como una de las personas arrestadas.
 
Pese a esto continuaron las críticas a la autenticidad del Diario, y cuando en 1980 falleció Otto Frank, el original, junto con cartas y hojas sueltas, fue entregado al Instituto para la Documentación de la Guerra de los Países Bajos, que seis años después llevó a cabo un estudio forense a través del Ministerio de Justicia.
 
Se cotejó la caligrafía con ejemplares de autoría probada de Ana Frank y se determinó que coincidían y que el papel, el pegamento y la tinta empleados eran fáciles de adquirir durante el período en que se afirmaba que el Diario había sido escrito.
 
A su vez, el 23 de marzo de 1990, el Tribunal Regional de Hamburgo confirmó que el Diario era auténtico.
 
Ana Frank pertenecía a una de las miles de familias asimiladas, que no habían tenido una profunda educación judía y desconocían su cultura, y solo tomaron conciencia de su judaísmo cuando fueron perseguidos por los nazis.
 
Seguramente por ello son escasas en el Diario las alusiones a temas propiamente judíos, pero de todos modos debe destacarse que es un testimonio relevante de cómo una adolescente fue impactada por la Shoá, lo cual narró con una extraordinaria madurez artística.
 
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